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Hermanas del silencio

En un barrio de las afueras de Madrid de reciente construcción, con anchas calles y bares ruidosos, vive Irene. Es una mujer alegre, que después de la entrevista va a ir al gimnasio, por lo que lleva ropa deportiva blanca y el pelo suelto, que no para de tocarse mientras habla. Irene vende seguros para una empresa holandesa y se está preparando para ser actriz de doblaje. Pero estas dos cosas conforman su vida desde hace solo un año. Durante los casi 14 años anteriores – desde la tierna edad de 20 -,  vivió en un monasterio de clausura entregando gran parte de su vida a la oración y al silencio.

A 4 horas y 20 minutos de viaje en coche desde allí, se encuentra un espacio silencioso y con una larga historia de oración: el Real Monasterio de Sigena (Huesca). El único sonido que se escucha es el cantar de los pájaros y las ramas de los árboles mecidas por el viento. A la hermana Elinoam – que significa «dulzura y alegría de mi Dios» -, le ha tocado estar hoy en bienvenida. Es tan joven como Irene y va de un lado a otro con el teléfono guardado en el bolsillo de su blanco hábito, haciendo bromas y colocándose las gafas de montura transparente mientras habla. En Sigena también vive la hermana Madeleine, que tiene los ojos claros y muy abiertos, llenos de curiosidad. Su sonrisa amplia casi no hace entrever los 75 años que tiene. Hace más de 40 se entregó a la vida monástica pero dice que, en realidad, todas son como novicias. «Os traigo cuatro flores, para las cuatro flores que me han visitado hoy», dice antes de irse corriendo a por sus libros de la liturgia, son las 16:00 horas y empiezan las vísperas.

La llamada

«Si me hubieran ofrecido irme de crucero, me hubiera ido». A los 20 años Irene estaba pasando por una etapa muy mala en su vida y buscaba una respuesta y una solución. Un amigo le recomendó ir a descansar al monasterio, donde tenía una hermana monja. Lo que empezó como un retiro para cambiar de aires, acabaron siendo 14 años de su vida. Tomar la decisión fue difícil, para ello hizo una lista de pros y contras, y como ella narra, los inconvenientes eran más numerosos. Tenía que renunciar a su familia y a su ídolo, Michael Jackson, entre muchas otras cosas. «Al fin y al cabo era muy poco con respecto a lo que iba a recibir.» En ese momento no lo sabía, pues no fue hasta después de dos años que comenzó lo que ella llama «mi encuentro corazón con corazón con Jesús».

Son muchas las jóvenes que deciden dedicar su vida a la oración y la reflexión en un monasterio, como Irene y la hermana Elionam, que asegura que antes de entrar lo tenía todo: una buena familia, dos carreras, y un coche. La pregunta que muchas veces surge es: ¿qué lleva a una chica joven a abandonar la vida en sociedad en pleno siglo XXI? Irene opina que en parte es la búsqueda de la autenticidad y la hermana Elinoam está de acuerdo. «Pero lo verdaderamente importante es sentir la llamada». La llamada, por mucho que las personas no creyentes intenten explicar, según ellas, es imposible darle un razonamiento lógico, pues el componente místico y de la fé sólo se entiende cuando se vive. Es la experiencia con Jesús, «que te atrae, que está enamorado de todo el mundo», como explica Irene. «Si un monje es capaz de poner palabras a su vida contemplativa, es que no ha entendido nada» sentencia Elinoam.

Puede resultar sorpresivo que mujeres tan jóvenes decidan dar su vida a la oración en clausura, pero al contrario, se recomienda que comiencen su vida monástica pronto. Una edad ideal serían los 24 años y a partir de los 30 podría resultar más difícil adaptarse a esa forma de vivir, con un estricto orden, horarios y obediencia. Cuando le preguntas a Irene la razón de que la imagen más extendida de las religiosas sea la de una mujer mayor, no lo duda: «Solo hay que pensar que todas esas hermanas mayores antes han sido jóvenes y les ha atraído este tipo de vida». Elinoam, por su parte, reconoce que sin esas hermanas mayores las hermanas jóvenes no aguantarían.

Puerta iglesia Sigena

Vista exterior de la puerta de entrada a la Iglesia del Monasterio de Sigena./Violeta González

La experiencia

No es el caso de Madeleine, que decidió tomar los hábitos ya cumplidos los 31 años, después de su experiencia trabajando como profesora de castellano en su Francia natal, tras conocer al padre espiritual de la fundadora de la congregación de las Hermanas de Belén, Sor Marie. Siempre incidiendo en que ella en realidad no es más que una novicia, relata las vicisitudes que le llevaron a acabar en el Monasterio de Sigena como una de las hermanas que comenzaron su adecuamiento hasta el día de hoy. Asegura que llegó a nuestro país por un guiño del Señor, ya que fue pura casualidad que, habiendo sido profesora de castellano, acabase aquí. Después de vivir en casas o terrenos «monasticados» que les cedían por toda Francia – y uno en Italia -, le sorprendió la grandeza de un monasterio.

Recalca que tras tantos años de vida de oración y silencio siente que aún no está preparada. «No hay que olvidar lo áspera que puede ser también nuestra vida. Somos humanas y las pruebas de la vida las tenemos en el monasterio, con sus trampas incluidas, igual que en el mundo exterior». Aunque reconoce que la experiencia sí ayuda, pues asegura que apoyándose en la felicidad de Dios ha ido aprendiendo a corregir los errores, «la edad te da serenidad para afrontar y enfrentar las cosas». No le gusta reconocerlo, pero es uno de los pilares fundamentales del monasterio. Gracias a ella y al resto de hermanas mayores, las hermanas jóvenes cogen fuerzas y consiguen vivir con serenidad su experiencia. «A mi me ayudó mucho la hermana Madeleine, con su energía para recibir y secundar a las jóvenes», reconoce Elinoam.

La vida en un monasterio constituido únicamente por hermanas jóvenes puede ser dura. Madeleine apunta que las jóvenes se culpan mucho por sus errores y que sin una hermana mayor, es muy difícil de sobrellevar. Cuenta que cuando empezaron en Sigena casi todas lo eran y que pedían a Sor Marie, la fundadora, que llevase a alguna hermana con más experiencia para apoyarlas. Incluso en un tipo de vida en silencio como esta, en el que casi todo el tiempo se pasa en soledad, no deja de ser una vida fraterna y en comunidad, en la que es muy importante la convivencia.

rosario oraciones Iglesia Sigena

Un rosario y un libro de oraciones en  el interior de la Iglesia./Violeta González

El hogar del silencio

Todo comienza un 2 de noviembre de 1985, cuando seis hermanas de la Familia Monástica de Belén, que habían coincidido unos meses atrás en el monasterio del siglo XII en Francia, llegaron a Sigena para establecer una fundación en España. La hermana Madeleine recuerda todo con gran asombro, al no haber vivido nunca en un monasterio, que cuando llegó estaba vacío, oscuro y diáfano debido a su quema y saqueo durante la Guerra Civil Española. Unos días después, el obispo Don Ramón celebró una eucaristía, «todo fue muy gracioso y problemático» recuerda la hermana Madeleine. Desde entonces las hermanas, con la ayuda de la de Congregación de Belén, han ido acondicionando sus estancias para la vida de oración y de silencio tan característica de esta comunidad. Fue gracias a ellas que el monasterio recobró vida. «Ellas reconstruyeron el monasterio y así seguiremos hasta la eternidad» recalca la hermana Elinoam.

Lo primero que quisieron dejar claro es que no son ermitañas. Dentro del silencio y la oración viven, comen, rezan y trabajan. El proceso de adaptación es lento y gradual: las hermanas nuevas tienen escuelas de vida donde van formándose, en esta etapa no siguen a rajatabla los horarios, los encierros y los ayunos. Al año llega la toma del hábito, y una vez dado este paso atraviesan dos años de postulancia hasta llegar al noviciado. Cuando se cumplen los cinco años de noviciado pueden optar a la profesión perpetua. «Las hermanas que entran tienen un ángel, es importante que se las guíe y ayude en los primeros momentos» explica Elinoam.

No es fácil llegar a una vida contemplativa. «No hace sol todos los días, no todos los días son fáciles. Todos los medios te encaminan a esta vida, pero somos humanas y todo hombre está confrontado con una vida difícil». A pesar de su sosiego, las hermanas admiten que no han elegido un camino fácil, como señala la joven monja. En la congregación de las Hermanas de Belén se sigue un horario bastante peculiar para alguien que viene de fuera: desde las 4:00 de la mañana están en continua conversación con Dios hasta las 18:00 de la tarde que vuelven a sus celdas. Durante ese transcurso de tiempo rezan, trabajan y estudian, manteniendo el mínimo contacto entre ellas. «Todo lo que se pueda gestionar por escrito, se hace», explica Irene. Los lunes solo salen de su celda para las vísperas, una liturgia que se celebra por la tarde, y el único día que hablan entre ellas más allá de lo necesario para llevar a cabo sus trabajos es el domingo, que ellas lo denominan el día fraterno.

Capilla Monasterio Sigena

Una de las hermanas (al fondo) reza en el interior de la capilla de invierno./Violeta González

La eterna pregunta

La tranquilidad que aporta el lugar acompaña durante un tiempo en el trayecto de vuelta a Madrid. El silencio del monasterio susurra al viajero durante la noche y las impresiones de la visita a Sigena comienzan a brotar. El tiempo que para los demás es oro, para ellas solo es el transcurso que les llevará a la eternidad: «Nacemos y vivimos unos años en la Tierra. Pero el futuro es eterno». La hermana Madelaine puede enseñar muchas cosas por su veteranía pero, sin duda, lo que se puede aprender de su mirada es la bondad y la inocencia. Carente de maldad y siempre con una sonrisa, con la mano extendida para darla a quien la necesite.

Otra mujer decidió dejar su vida ajetreada en Madrid y mudarse a Sigena para poder estar en contacto con la magia del lugar. Se llama Mercedes y acompaña a los visitantes que desean conocer la arquitectura del monasterio: «Ellas dicen que viven en el desierto, pero en realidad el desierto es lo que está fuera». Reflejo de la dulzura de las hermanas, Mercedes es el nexo de unión entre el mundo actual de Irene y el de su pasado, que compartía con Madeleine.

Cada uno tiene su objetivo en la vida y el de ellas es trasladar la palabra de Dios y la verdad al mundo. Su verdad, muy difícil de explicar con palabras y muy difícil de transmitir si no formas parte de esa experiencia. La respuesta a por qué las jóvenes deciden renunciar a todo y comenzar una vida de clausura y silencio es difícil de encontrar. Pero conocer una pequeña parte de su realidad hace que puedas despojarte de los tópicos con los que llegas de la gran ciudad y te limites a ver lo que son: mujeres que han decidido emprender un camino tan difícil como otro cualquiera. Capaces de ser felices, tanto, que renuncian a todo por conseguirlo.

 

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One Comment

  1. Enhorabuena por vuestro reportaje. Con un estilo ágil y fresco mostrais otra opción de vida que transmite paz por incomprensible que parezca

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