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La cara más solidaria de los millennials

A menudo se dice que los llamados millennials, la generación nacida desde los años noventa hasta comienzos del siglo XXI, son una generación egoísta y malcriada. Bien formada pero ociosa, sin objetivos. Sin embargo, esta fría mañana de domingo, un grupo jóvenes se ha reunido en la Puerta del Sol para llevar a cabo un trabajo de voluntariado. Colaboran con la Asociación Apumak, una organización sin ánimo de lucro creada para concienciar a las nuevas generaciones sobre la realidad social a través del voluntariado.

mendigo gran vía

Una joven duerme a las puertas del McDonald’s en la Gran Vía. / Roberta Sebastiani

Llevan bolsas cargadas de bollería, bocadillos y café instantáneo. También un par de pequeñas cajas de bombones, ya que hoy es el cumpleaños de dos de las personas a las que suelen ayudar semanalmente. Una vez han llegado todos, el grupo, de unas quince personas, se divide en dos: la primera mitad recorre la calle Arenal y los alrededores de la Plaza de Isabel II, mientras que la segunda mitad se dirige hacia la calle Alcalá y la Gran Vía.

Cuando se les pregunta por qué decidieron comenzar esta labor solidaria, la mayoría coincide en que para ellos se trata no solo de una experiencia caritativa, sino de una manera de socializar: «Me pareció una idea interesante para conocer más gente al mismo tiempo que se hace una buena labor», nos cuenta Alba, de dieciséis años. El factor social es a menudo un aliciente para estos voluntarios, que llegan a conocer de primera mano las historias de las personas que, por un motivo u otro, han acabado en la calle.

Como en todo, hay quien tiene más reparos que otros: « Depende de la persona; hay gente que se abre directamente y hay gente que te rechaza el café y cualquier cosa», explica Olga. No obstante, admiten que el motivo principal de su movilización es su preocupación por la pobreza, y se muestran esperanzados, conscientes de que las generaciones más jóvenes son las que pueden instigar un cambio: «Este puede ser un pequeño cambio en la sociedad, un pequeño detalle que cambie la vida de las personas», dice Patricia, que recalca también que, a veces, también han venido padres con sus hijos, que trabajan para otras asociaciones o grupos de scouts.

Tal es el caso de Diego, de dieciocho años, que pertenece a un grupo de scouts y, este domingo, ha venido de apoyo: «Todo el mundo tiene derecho a comer y a tener lo mínimo para poder vivir». Preguntado por la reacción de sus amigos cuando les explica su labor, Diego explica que hay reacciones de todo tipo: «Cada cual tiene su mundo. Hay algunos que piensan que estamos locos, porque ven raro madrugar y venir aquí para darle de comer a la gente, pero hay otros que lo aplauden y preguntan cómo pueden meterse en asociaciones como esta».

los voluntarios muestran su solidaridad

Jóvenes de Apumak conversan con Pedro y le ofrecen comida./ Joaquín Sanz

 

La pobreza en España, explicada en cifras

Según la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social (EAPN por sus siglas en inglés), las políticas de austeridad extremas llevadas a cabo en algunos países de la Unión Europea han tenido un efecto particularmente negativo en los estamentos más frágiles de la sociedad. Como resultado, la situación española es actualmente peor que la de la media de la Unión Europea. Como resultado, esta coalición independiente de ONGs calcula que un 22,3% de la población española está en riesgo de pobreza y/o exclusión social, frente al 17,2% que mantiene de media la Unión Europea.

Tal y como recoge El País, el presidente de la EAPN, Carlos Susías, reveló durante la presentación del informe anual El Estado de la Pobreza. España 2017 el pasado lunes 16 de octubre que un 30% de la población en riesgo de exclusión social tiene trabajo, y un 15% ha finalizado estudios superiores. De este modo, la pobreza se ha convertido en un peligro para la sociedad en su conjunto, y el trabajo ya no es algo que nos garantice un nivel de vida digno.

un medigo nos cuenta su historia

La pobreza se ha convertido en un peligro que acecha incluso a los que ya tienen trabajo./ Joaquín Sanz

Sin embargo, la sociedad parece no dar cuenta del problema. Ya a las once de la mañana, mientras seguimos acompañando a los voluntarios de Apumak en su recorrido por los aledaños de la Gran Vía hasta Plaza de España, los alrededores comienzan a llenarse de turistas y locales, que saltan de tienda en tienda sin casi percatarse de los mendigos que aún duermen a las puertas de muchos comercios.

¿Y qué ocurre con los estereotipos? A menudo, cuando se habla del tema de la pobreza, hay gente que alude a las infames mafias, que se benefician de mendigos para hacerse con el dinero que estos recaudan por las calles. A juzgar por nuestra experiencia con la Asociación Apumak, son una minoría, pero están presentes. «A menudo, se nota cuando una persona pertenece a una red de explotación en la forma de hablar o en la manera de coger o no las cosas; estas personas no te suelen coger la manta o la comida que les ofreces. Solo quieren el dinero porque les traen de otros países con mentiras y les tienen aquí explotados para conseguir lo que sea».

 

Estos jóvenes no cumplen con sus estereotipos

Sorprende la edad de los jóvenes voluntarios de la asociación Apumak. Las pocas personas que se detuvieron a mirar mientras paseaban por Gran Vía el domingo por la mañana también se asombraron con la labor de los chicos. No es difícil imaginarse que pensarían estas personas: ¿Qué hacen chicos tan jóvenes un domingo por la mañana entregando comida a personas sin hogar? ¿No deberían estar en casa durmiendo y cumpliendo con los estereotipos que se les atribuye a los jóvenes millennials? Son egoístas, vagos, faltan al respeto, se pasan el día en el Instagram… Sin embargo, estos jóvenes desafían esos estereotipos, que a sus ojos no son más que estúpidas, injustas e inexactas generalizaciones.

los jóvenes ayudan a mendigos en el centro de Madrid

Financiada solo con sus voluntarios, la asociación Apumak trata de ayudar a los más necesitados./ Marta Costa

Apumak se financia únicamente mediante las donaciones de sus miembros. Hasta hace unos años, recibía una ayuda del Ayuntamiento de Madrid, pero los recortes acabaron con ella. Paula nos cuenta que ella es una de las coordinadoras de la asociación; como tal, colabora con Apumak desde hace cinco años. Paula nos dice que la gran mayoría de chicos que ayudan con el voluntariado son menores que ella, como su hermana Olga, de 17 años.

Olga nos cuenta que le gusta mucho la labor con la que cumple los domingos; le gusta conocer personas nuevas en la calle y que le cuenten sus problemas, porque sabe que los ayuda al escuchar sus historias. Nos cuenta que también le gusta mucho la gente con la va a hacer el voluntariado, dice que se están riendo todo el tiempo y siempre se la pasan muy bien. Los chicos se muestran siempre con una actitud muy alegre y positiva, sin olvidar, eso sí, las desgracias por las que pasan todos aquellos a quienes se dedican a ayudar.

la solidaridad desaparece de la gran vía

Un sin techo toca la trompeta para ganarse unas monedas./ Roberta Sebastiani

A pesar de ser tan jóvenes los chicos conocen todos los detalles de una realidad de la cual no todos estamos al tanto. Por ejemplo, en una ocasión nos explica Alba, de dieciséis años, la realidad de los centros de acogida. Nos explicó que muchas de estas personas sin hogar prefieren dormir en la calle que ir a un centro de acogida, pues en estos centros suelen haber muchos problemas con drogas, y es por ello que muchas personas sin hogar deciden evitarlo. Más adelante, Pedro, quien suele encontrarse en Gran Vía buscando trabajo, nos confirma el relato de Alba.

Pedro le cuenta a los reporteros de Variación XXI que está ya cansado de que le digan «te llamaremos» y no recibir ninguna llamada. Esta semana, ya ha solicitado trabajo en cuatro lugares diferentes. Sin embargo, sabe que no le contratarán. Debido a sus 51 años, nadie quiere contratarlo. Para él, lo más duro de todo es que la gente no tiene ni idea: «Piensan que uno está en la calle porque quiere o porque no quiere trabajar, cuando en realidad no es así». Al preguntarle si tenía una casa nos ha respondido con un « más o menos». Le hemos preguntado entonces si vivía en un albergue, nos ha respondido: «¿En un albergue?¡Ni de coña! ¿Sabes la mierda que hay en un albergue?».

No ha querido hablar más del tema, pero si compartió con nosotros que una vez fue a un albergue en Príncipe Pío, y se juró a sí mismo que nunca más.

La buena labor de estos chicos tan jóvenes nos sorprende y alegra a partes iguales. Por propia iniciativa, se levantan temprano por la mañana los domingos para echarle una mano a la sociedad. Si tan solo una minoría pudiese seguir el ejemplo de estos chicos, el mundo en el que vivimos sería muy diferente.

 

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