El mercado del dolor

Entre el interés público y la explotación del sufrimiento ajeno
En los últimos años, el true crime ha dejado de ser un género marginal de la crónica negra para convertirse en un fenómeno audiovisual de masas, impulsado por las plataformas de streaming, los pódcasts y las redes sociales. Detrás del clic y del binge-watching, sin embargo, aparece una pregunta incómoda: ¿dónde termina el interés público y dónde empieza la explotación comercial del dolor ajeno? Los códigos deontológicos exigen respeto a la dignidad y a la intimidad de las víctimas, pero la presión de los algoritmos y de las métricas digitales favorece el morbo y el clickbait. Para entender qué busca el público, hablamos con una persona consumidora habitual sobre cuándo la curiosidad se convierte en morbo y hasta qué punto la revictimización de las familias debe cambiar nuestra forma de ver estos contenidos.
Un género que ha conquistado las pantallas
Basta abrir cualquier plataforma de streaming para comprobar hasta qué punto los crímenes reales ocupan un lugar central en el catálogo. Según los datos que manejamos en este reportaje, un consumidor medio dedica casi cuatro horas a la semana a este tipo de contenidos. Lo que antes quedaba en las páginas de sucesos se ha transformado en documentales, series y pódcasts de investigación que se consumen de forma compulsiva y que, además, generan un enorme negocio.

Carteles de las cuatro entregas de la antología Monster de Netflix. Fuente: Netflix.
En los carteles de promoción de las este tipo de contenido se ve el protagonista: en todos ellos, el rostro que ocupa la pantalla es el del agresor, cuidadosamente iluminado e interpretado por un actor que llama la atención por su penetrante mirada. Esta puesta en escena presenta al criminal como un personaje atractivo y envuelto en misterio, y plantea una pregunta incómoda: ¿Qué efecto tiene en el espectador que el relato se cuente desde el lugar de quien hizo daño ?
Los límites que marca la deontología
La libertad de información no es un cheque en blanco. El Código Deontológico de la FAPE recuerda que el derecho a la información no justifica el atropello de la intimidad ni la explotación del sufrimiento ajeno. Sin embargo, la presión de las métricas digitales y los algoritmos incentiva a menudo narrativas centradas en el morbo y el clickbait, en las que el respeto a la dignidad de las víctimas pasa a un segundo plano.
¿Qué busca el espectador?
Para entender el fenómeno, hablamos con quienes están al otro lado de la pantalla. Nuestra fuente lo tiene claro: lo que más le atrae es “saber que son casos reales y pensar en cómo alguien en la sociedad puede llegar a hacer tales atrocidades”. Le interesa, sobre todo, la visión psicológica de quien ha cometido el crimen y los motivos que le llevaron a hacerlo.
Su mirada, no obstante, no olvida a las víctimas. Con ellas dice poder empatizar, aunque reconoce que prefiere no profundizar demasiado para no “llevárselo muy personal”. Los expertos señalan que esta fascinación responde a la curiosidad por entender la mente humana y los bordes del delito. El riesgo llega cuando el análisis riguroso se sustituye por la espectacularización, y la narración acaba deshumanizando el delito.
Curiosidad o morbo: una línea difusa
A menudo, el espectador busca resolver el enigma como si se tratara de un juego o de una ficción. La periodista Flavia Campeis, productora del pódcast ¿Dónde está Paula?, sobre la desaparición de Paula Perassi en Argentina insiste en que las historias reales no son un espectáculo y en que centrar el foco únicamente en el acto violento invisibiliza a la víctima y la despoja de su voz.
La línea entre el interés legítimo y el puro morbo suele ser difusa, pero nuestra fuente la define con claridad: la curiosidad es “cuando quieres informarte sobre el caso, saber un poco qué ha pasado”, mientras que el morbo aparece al querer ver “imágenes sin censura” y tratar a la persona y al caso como un producto. Pone un ejemplo muy gráfico: las fotografías de un asesinato que se difunden en redes como Twitter para satisfacer la mera curiosidad macabra.
Cuando la familia dice no
La oposición de las familias no es una hipótesis teórica: es una realidad. Nuestra fuente lo ilustra con el caso de Gabriel Cruz, el niño de ocho años asesinado en 2018 en Almería, conocido por el nombre de la investigación policial, Operación Nemo. Su madre, Patricia Ramírez, anunció acciones judiciales para frenar un documental sobre el crimen en el que habría participado la propia condenada, y después reveló en el Senado que la productora no lo realizaría. Para el entrevistado, la decisión de los allegados debe respetarse: “no hay que seguir incrementando el morbo y parar, dejar que la familia descanse”.
El límite ético, por tanto, no lo fijan los algoritmos, y la audiencia también puede exigir un consumo responsable.
Por un consumo y un periodismo responsable
El debate no consiste en demonizar el género, sino en exigirle estándares. Un periodismo de investigación respetuoso demanda rigurosidad a quienes crean estos contenidos, pero también una audiencia crítica, capaz de decir “no” cuando el entretenimiento pisotea la dignidad humana.