Cuando el tiempo pesa menos: la historia de Rosa

Miembros de la Asociación Nazaret junto a su puerta.
-
La Asociación Nazaret crea un programa voluntario de acompañamiento a personas mayores
-
Toda una vida de resiliencia. Desde el inicio de la Guerra Civil hasta los cuidados más íntimos de su familia. Esta es la historia de Rosa
Sábado 18 de octubre, a las 10 de la mañana, en el barrio de San Blas. Como cada sábado, Rosa prepara el desayuno. Esta vez, parte en trozos un bizcocho de limón que compró ayer en el supermercado de la esquina. Hace casi un año desde que Lucía y Carlos la visitan. Empezaron en enero, dos meses después de su solicitud como beneficiaria de un voluntariado dedicado al acompañamiento a personas mayores. Lo solicitó a través de la asociación que le reparte cada dos domingos del mes la cesta de la compra: La asociación Nazaret. Fue muy sencillo; un domingo como cualquier otro, invitaba a los voluntarios del reparto de alimentos a tomarse algo en su casa: un café, un zumo o un simple vaso de agua. Le gustaba tener gente en casa con la que hablar. Pero ese día, llamaron a la puerta dos chicos a los que ella nunca había visto. Y ahí fue cuando sus sábados cambiaron.
La asociación Nazaret
La Asociación Nazaret nace como iniciativa impulsada y dirigida por Teresa Rosingana en 1977 hasta su fallecimiento en 2016. A día de hoy poseen 7 ramas de actividades voluntarias dedicadas a fortalecer la solidaridad vecinal. Repartos de alimentos, campañas de Navidad y Reyes Magos, actividades al aire libre son algunas de estas. Acompañamiento a personas mayores nace a principios del año 2025, por petición de un grupo de voluntarios que participaban en los repartos de alimentos. Se dieron cuenta de la necesidad que tenían las personas mayores sobre todo, en hablar y tener compañía. A partir de ahí nació la iniciativa.

Voluntarios recogiendo comida
Rosa, una historia por contar
Rosa nació un 4 de octubre de 1935; en Madrid, en el barrio de Moratalaz. Aun cuando el asfalto no había llegado a todos los rincones de la ciudad. Recuerda todo el campo que se extendía por su zona. A los conejos que veía desde su balcón. Emigró con su familia cuatro años después a Guadalajara. Aunque solo tenía tres años, se acuerda de la Guerra. Recuerda como su madre, en brazos, la llevaba corriendo a los refugios. El sonido estridente de las alarmas. Si hay algo que define a Rosa, es su gran memoria.
De los cuatro años a los doce estuvo trabajando en el campo. “Mochilera”, así es como ella se define. A los doce años su hermano pequeño nació, y su labor se vio dividida en dos: mochilera y cuidadora. Rosa nunca fue a la escuela.
A los dieciocho años se mudó a Madrid, como doncella en la casa de una familia en el barrio de El Retiro. Ahí estuvo trabajando durante nueve años “Me llevaba tan bien con la señora y el señor que me llevaban de vacaciones con ellos. Tanto sus hijos como ellos vinieron a mi boda”. Durante esos nueve años , estuvo viviendo con dos chicas más que también trabajaban en la misma casa que ella. Entre susurros y risas, cuenta una anécdota de una noche en la que se escaparon para ir al baile y para volver tuvieron que colarse por la ventana del servicio.
Con 27 años conoció a su marido, Gerardo. Amigo del marido de una de las chicas que trabajaba con ella. Se conocieron espontáneamente una tarde y se intercambiaron rápidamente las direcciones. Gerardo vivía en París, trabajando en una fábrica de mecánicos italianos, se comunicaban a través de cartas. A los pocos meses, Gerardo volvió a Madrid y se casaron. Rápido y conciso. Rosa se volvió con él a París. Dieciséis horas al día era las que se pasaba Rosa planchando en una fábrica. Visitaron todos los alrededores de la ciudad y se enamoraron perdidamente de ella. Pero, por circunstancias de la vida y el mal tiempo del norte de Francia a los catorce meses tuvieron que decir adiós a la ciudad del amor y volver a Madrid.
El cuidado de la familia
José Carlos y Gerardo, esos son los nombres de los hijos de Rosa. José Carlos, el mayor, es un banquero que en palabras de Rosa, “tiene una secretaria y todo”. Gerardo era mecánico, como su padre. Los dos hermanos crecieron en una casa donde su madre, aun habiendo trabajado durante toda su vida, lo dejó todo para dedicarse a cuidar de sus hijos, su familia y la casa. Hasta que, con 56 años, todo paró. A Gerardo padre le diagnosticaron un cáncer, dándole de pronóstico dos meses de vida. Rosa se mudó al hospital. Tenía a las enfermeras y los doctores alucinados, “Le cambiaba las sábanas, le lavaba, le medía los drenajes, le cambiaba las gasas.”, narra Rosa, “Todos los días, para comer me acercaba a la cafetería del hospital a comprarme un bocadillo. Hasta que un día, el doctor me despertó para decirme que ese iba a ser el último día que iba a comer de bocadillo”. Como medida excepcional, les asignaron una habitación privada, donde a Rosa le servían la comida igual que a su marido.
A los dos meses, Gerardo falleció, y a Rosa, quien llevaba más de veinte años sin trabajar, le quedó una pensión de 400 pesetas. A partir de ese momento, se puso a trabajar, dos días a la semana limpiaba las escaleras de un edificio, todos los días por la tarde limpiaba en un laboratorio y de vez en cuando iba a casas a planchar. En ninguno de estos trabajos le pagaban la seguridad social. “En el laboratorio me pagaban una hora, por si ocurría un accidente o venía inspección. Esas horas han sido lo único que yo he cotizado durante toda mi vida como trabajadora”.
Y pasó la vida, sus hijos fueron creciendo, se casaron y tuvieron hijos. Gerardo tuvo tres niñas, mientras que José Carlos tuvo un niño y una niña. De nuevo, Rosa tuvo que dejar su trabajo para encargarse de las hijas de Gerardo. Las llevaba al cole, las recogía, las llevaba al parque, las bañaba y les hacía la cena hasta que sus padres llegaban a casa. No solo cuidaba de las hijas de Gerardo. Como abuela, dividía sus fuerzas para poder cuidar a todos sus nietos. La hija de José Carlos era una niña muy inteligente, y por la crueldad y la envidia de los niños, terminó sufriendo acoso escolar. “La tuvieron que ingresar en el hospital de lo enferma que se puso.”, relata Rosa, “ Todos los días me levantaba a las cinco de la mañana para hacerme el transbordo a Callao y de ahí a Villa-Verde, donde ella estaba ingresada. Le llevaba la comida y me quedaba con ella hasta que pudieran volver sus padres de trabajar”.
Un fantasma del pasado
Hace dos años a Rosa le tocó vivir uno de los momentos más duros de toda su vida. Su hijo Gerardo enfermó de cáncer. Como si de un fantasma del pasado se tratase, le dieron un pronóstico de tres meses de vida, parecido al de su padre. La diferencia en este caso, es que Rosa se negó. Le acogió en su casa y, de la mano de su hermana, Araceli, le cuidó, desafiando a la muerte y al tiempo. Esos tres meses, se convirtieron en seis, y aunque Gerardo falleció, los médicos aseguran que el cuidado y el amor de Rosa fueron claves en esos meses milagrosos. “Me acuerdo el día que le ingresamos por última vez, yo me salí al patio del hospital porque no podía para de llorar.”, recuerda Rosa emocionada, “Un médico se me acercó a preguntarme qué me pasaba, pero era incapaz de calmarme. Luego me enteré que ese era el médico de mi hijo. Subí y me le encontré en la habitación de Gerard. Al verme, se giró y le dijo a mi hijo, ‘Gerardo, no he visto nunca en mis años de profesión, una madre que se preocupe y cuide tanto de su hijo como la tuya contigo’”.
A raíz de la muerte de su hijo, Rosa empezó a refugiarse cada vez más en las personas de su alrededor. Su hermana es su mayor apoyo. Araceli, veinte años más joven que Rosa, estudió enfermería y estuvo trabajando toda la vida en el Hospital Santa Cristina. Una hermana nacida anterior a la guerra y una hermana tres años antes de la llamada generación “Baby Boom”. Una hermana que estudió y trabajó como enfermera y una que con noventa años, apenas sabe leer y escribir.
Mientras este reportaje está siendo escrito y publicado sobre la vida de Rosa, la propia protagonista no podrá leérselo. Con noventa años y toda una vida trabajando Rosa posee una pensión única de la viudez de su marido. Gracias a las ayudas y la solidaridad de sus vecinos y familia, Rosa es capaz de llevar una vida digna y plena. Gracias a la Asociación Nazaret, Rosa, Lucía y Carlos se han hecho íntimos amigos que disfrutan cada sábado de un desayuno en compañía.
No nos olvidemos de nuestras personas mayores, nuestros abuelos, vecinos o simples desconocidos. Cada persona tiene una historia plena y fascinante que merece ser escuchada y atendida.