“Las terapias de conversión son una forma de abuso psicológico y sexual”, afirma Bill McKinley

Bill McKinley / Fotógrafa: Bianca Dapolito
- Entre rezos, pseudoterapias y vacíos legales, miles de personas siguen siendo sometidas a métodos que prometen “curar” lo que nunca fue una enfermedad
- Mientras en Estados Unidos la fe aún se confunde con la terapia, España avanza con leyes que buscan frenar prácticas que atentan contra la identidad sexual y los derechos humanos
Desde su regreso al poder en 2024, el presidente Donald Trump ha impulsado una agenda ultraconservadora respaldada por grupos religiosos . Este viraje político ha desencadenado una oleada de medidas y debates que afectan directamente a la comunidad LGTBIQ+ . Uno de los temas más controvertidos es el resurgimiento de la llamada “terapia de conversión”, prohibida en numerosos estados durante la última década, pero actualmente en disputa tras la inclinación del Tribunal Supremo a revisar potenciales leyes que la vetaban.
El impacto social y psicológico de este contexto es palpable. Informes del Trevor Project y los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) indican que la tasa de suicidios entre jóvenes LGBTQ+ ha aumentado más de un 22% desde dichas elecciones.
Enlace a los informes de “The Trevor Project”:
https://www.thetrevorproject.org/survey-2024/
Muchos expertos atribuyen este incremento al discurso de odio normalizado en la esfera pública ya la erosión de políticas que protegían la salud mental de las minorías.
En Estados Unidos, más de veinte estados mantienen leyes que prohíben las terapias de conversión, pero dichas normativas enfrentan nuevos desafíos judiciales. El debate gira en torno a los límites entre la protección de menores y la libertad de expresión de los profesionales. En medio de este choque ideológico, las voces de quienes vivieron en carne propia esas prácticas cobran especial relevancia.
De la ficción a la vivencia: la historia de Bill McKinley
Bill McKinley, terapeuta sexual y activista por el amor, fue uno de los tantos jóvenes que en la década de 1980 se sometieron a programas de “deshomosexualización” en Estados Unidos. Originario de Indiana, hoy vive en España y se declara abiertamente homosexual, tras un largo proceso de reconciliación consigo mismo.
“En la universidad estaba muy aislado y me convencieron de alejarme de todo lo relacionado con ser gay porque eso, supuestamente, me impedía avanzar”, recuerda. “Durante cinco años intenté vivir como heterosexual, sometiéndome a sesiones de desensibilización, hipnosis y otras técnicas diseñadas para alterar mi orientación sexual”.
Aquella etapa estuvo marcada por el aislamiento y la vergüenza. El terapeuta lo convenció de que la homosexualidad era una desviación moral y una enfermedad. Al volver a la universidad, fingía ser heterosexual, pero la soledad y la confusión lo consumían.

Desfile del orgullo en Estados Unidos / Foto: Associated Press
Abuso psicológico disfrazado de fe
Hoy, McKinley reconoce que las terapias de conversión suponen un abuso especialmente devastador para los adolescentes. “Pensaba que un terapeuta gay no sería objetivo, hasta que entendí que mi problema no era quién me atendía, sino lo que me habían hecho creer sobre mí mismo.”
El entrevistado afirma que observar el panorama actual de su país le genera una profunda angustia. “Cuando veo lo que está ocurriendo en Estados Unidos, con el gobierno y las medidas vinculadas a la terapia de conversión, se me rompe el corazón. Sé que muchos niños sufrirán y que aumentarán la tasa de suicidios. Durante todos los años que he vivido dentro del sistema democrático estadounidense, las personas del colectivo siempre hemos sido objeto de debate. Nos convertimos en monstruos y en amenazas para los ‘niños americanos’, nos tildan de pedófilos y violadores; todo para no reconocer que somos seres humanos y que tenemos derechos, que nuestra sexualidad no define ni condiciona nuestra personalidad”.
Sus palabras coinciden con las de numerosas organizaciones de derechos humanos. En octubre de 2025, el Tribunal Supremo escuchó el caso de Kaley Chiles, una terapeuta evangélica de Colorado que sostiene que la ley estatal que prohíbe la terapia de conversión vulnera su libertad de expresión. Algunos magistrados conservadores sugirieron que tales restricciones podrían violar la Primera Enmienda al afectar el “discurso profesional”.
“El crecimiento de las mayorías religiosas en mi país trata de imponer valores religiosos a costa de borrar tu identidad. Lo sé por experiencia. Lo veo todos los días. El hecho de obligar a una persona a modificar su sexualidad es una forma de abuso psicológico y sexual”, señala McKinley con dureza.
En su testimonio, también recuerda el libro que alimentó parte de su confusión juvenil: Todo lo que siempre quisiste saber sobre el sexo: pero tenías miedo de preguntar. “Decía que los homosexuales estaban destinados a vivir solos y escondidos. Crecer con esa idea te destruye; hace que tu familia te tema y que la sociedad te excluye”.

Bill McKinley de niño
Bajo el amparo religioso
Aunque la comunidad científica estadounidense rechaza de forma unánime las terapias de conversión, estas prácticas continúan existiendo bajo la protección de la libertad religiosa . Muchas surgen de iglesias y organizaciones que promueven la “restauración espiritual” de jóvenes LGBTQ+, mediante campamentos o retiros donde se mezclan la oración con la culpa.
Exmiembros denuncian manipulación emocional y presiones psicológicas encubiertas bajo discursos de amor divino. Las lagunas legales permiten que estas actividades continúen, ya que muchas normas sólo alcanzan a profesionales de la salud y no a grupos religiosos.
“Con Trump en la Casa Blanca, muchos temen que la situación empeore”, comenta McKinley. “El gobierno de Biden había frenado esas prácticas. Ahora están regresando. Y eso, sinceramente, me rompe el corazón”.
El debate al otro lado del Atlántico
¿Cruzar el charco para “curar”? En España, el debate sobre las terapias de conversión ha resurgido en entornos religiosos y pseudoterapéuticos. La Ley Trans de 2022 prohíbe expresamente cualquier práctica que busque modificar la orientación sexual o la identidad de una persona, incluso con su consentimiento.

Aprobación de la ley trans en 2022 / RTVE
Sin embargo, los especialistas advierten sobre nuevas formas encubiertas de estas terapias, como el llamado “coaching espiritual” , que aprovecha vacíos legales y la falta de supervisión institucional . Los sociólogos alertan que el peligro real no radica solo en lo que la ley prohíbe, sino en lo que tolera bajo otros nombres.
Mientras Estados Unidos debate entre la libertad religiosa y los derechos humanos, España observa atenta. Porque las heridas que deja una terapia de conversión, recuerda McKinley, “no se curan rezando”.