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periodismo universitario en internet

Gruta 77: la historia del rock underground se escribe en Carabanchel

Escenario de la sala. Fuente: Ciudad de Madrid Film Office / Javier Bravo

  • La sala sobrevive con el paso de los años a la gentrificación del barrio y a una industria cada vez más homogénea
  • Por ella han pasado artistas como The Slackers, The Meteors, Glen Matlock (Sex Pistols) o Marky Ramone (Ramones), además de bandas nacionales como Lendakaris Muertos

Gruta 77 es algo más que una sala de conciertos: es un refugio cultural, una caverna del rock, y uno de los pocos espacios en Madrid que resiste la homogeneización musical con una propuesta firme y fiel desde hace más de dos décadas. Fundada en el año 2000, la sala ha albergado más de 5000 conciertos, defendiendo el punk, el rockabilly, el ska, el garage rock y otros géneros minoritarios frente a la actual corriente musical dominante.

En la esquina de la calle Cuclillo con la calle Nicolás Morales vemos un montón de rótulos vetustos con apellidos como Ruiz o Pajares. Debajo de todos ellos, un cartel blanco nos indica «Gruta ’77. PUB – SALA DE CONCIERTOS», todo sobre un edificio tapiado de ladrillo visto. Al entrar, paredes dominadas por el negro con carteles de conciertos pasados, una barra que ha visto de todo, y al fondo un escenario que ha sostenido a bandas nacionales e internacionales, muchas de ellas antes de volverse famosas, y otras que eligen el lugar por su autenticidad. Apenas a cinco minutos de la estación de Metro de Oporto, en la línea 5 del Metro de Madrid, y es que para visitar esta sala no hay que ir a Gran Vía.

En el año 2000, su fundador Juan Luis Nieto (‘El Indio’, apodo que le vino por haber sido hincha del Atlético de Madrid) fundó la sala con el propósito de contribuir a la escena del rock underground. El panorama estaba en su contra: nuevos géneros arrasaban en las listas, pero también con los géneros que él defiende: «77 es por el año 1977, año en que se asentó la revolución punk, cambiando el concepto de la música para siempre. Gruta porque es el refugio en el que aquellos viejos punkrockers se esconden, protegiéndose de un mundo incomprensible», apunta. Casi 25 años después, más de 5000 conciertos respaldan la leyenda de este gigante de la noche madrileña.

Una sala «atípica»: la estabilidad de no estar de moda

En los inicios, según comentó el propio Juan Luis para ‘El Periódico de España’ en 2024, hubo casi siete años de concierto diario, de lunes a domingo: «Como iban muy bien las cosas, cubrías con lo que hacías el fin de semana. Hoy eso es completamente inviable». Hacían 363 conciertos al año, del cual cerraban solamente dos días; de aquella, había muchos grupos emergentes. En la actualidad son anfitriones de tres conciertos a la semana, a los que cuesta más sacar rendimiento económico, nos comenta ‘El Indio’:

«La música en directo (de salas) está en declive desde hace unos 15 años, y la tendencia a la baja es permanente, al contrario que para los grandes festivales. Considero que para sus asistentes (a veces) la música en directo es algo secundario, y les llama más el ambiente. Nuestra clientela es todo lo contrario: es muy específica, valoran la música en directo y quieren disfrutarla en un espacio corto, donde sí puedes ver realmente lo que está haciendo el músico».

En cuanto a la situación de la sala dentro de la gran oferta musical que hay en la ciudad, apunta: «Gruta 77 es una sala atípica, no tiene ejemplos similares en Madrid. Nosotros trabajamos los mismos géneros minoritarios desde el día en que abrimos hasta hoy. No nos hemos agarrado a ninguna de las corrientes que han pasado, porque no nos interesan musicalmente. Nosotros defendemos las ramas del rock and roll que están en peligro de extinción. ¿Cómo se traduce esto económicamente? Nunca vas a estar de moda, por lo que los beneficios económicos no son altos. Pero, por otro lado, el público fiel a esas músicas también lo es a la sala, por lo que siempre vas a tener unos ingresos mínimos asegurados. La situación de Gruta 77 es más estable que la de otras salas, que pueden tener altibajos según las modas y los años. Nosotros no: nuestro problema puede ser que la clientela envejezca y haya poco relevo generacional. La clientela actual de Gruta 77 está muy claramente por encima de los 50 años, pero no nos importa demasiado, porque envejeceremos a la par y, cuando estemos demasiado viejos, lo dejaremos. En cierto momento nos preocupó, pero hace años que no».

‘Hard-Ons’ durante un concierto en la sala (2017). Fuente: Mariano Regidor / GETTY IMAGES

Pero el encanto de la Gruta no reside en estar a la moda. Los géneros que cuidan son minoritarios: rockabilly, garage rock, ska, jazz, música jamaicana… Todos ellos tuvieron su apogeo en el pasado (también algunas leyendas de estos géneros, generando aquello que el periodista Enrique Rey llama ‘rock de geriátrico’). Mueran los viejos rockeros o no, su estela pervive en aquellos que se sienten identificados con sus canciones. En ocasiones, el testigo lo recogen los propios hijos: uno de los personajes célebres de la Gruta 77 es Rodrigo Mercado, hijo del inmortal Rosendo, natural de Carabanchel. Para que el engranaje funcione y el ciclo continúe, en la sala cuidan cada parte del proceso.

Según comenta Juan Luis, a la hora de elegir bandas priorizan la calidad de esta en su género, y su capacidad de movilizar público. Pero también (asegura) importa mucho elegir bien la segunda banda de cada concierto: «es clave en la trayectoria de la sala: las hemos ido convirtiendo en bandas grandes, y ellos a su vez necesitan bandas que abran los conciertos. Es muy eficaz para lo que llamamos ‘hacer escena’ en cada uno de los géneros. Esa es nuestra forma de trabajar: buscamos a grupos que creemos que van a ser importantes».

 

«No nos hemos agarrado a ninguna de las corrientes que nos han pasado cerca, porque no nos interesan musicalmente. Defendemos las ramas del rock and roll que están en peligro de extinción» 

 

La juventud y el relevo generacional

La música está inherentemente ligada a las emociones, siendo la juventud el momento vital de mayor eclosión de estas. Para muchos usuarios de salas como la Gruta, estos espacios suponen un ansiado viaje al pasado, huyendo de un mundo que no se detiene y deja todo atrás. La muerte de géneros (y con ello, de las salas que los cultivan) es metáfora de la muerte de un tiempo en que una generación fue joven. 

Por suerte, algunos (actualmente) jóvenes curiosos desempolvan estos géneros y les dan ese mimo que no reciben del público general. Descubren lo que hacía sentir vivos a sus padres y abuelos y traen su juventud de vuelta, ya sea como creadores o como consumidores. Es lo que conocemos como las bandas (o el público) de revival, el público más joven de estos estilos musicales, que los revive. 

«Siempre es bienvenido y además atendido especialmente, para que desarrollen las mismas sensibilidades musicales. Si viene a la sala un chaval al que le gusta la música jamaicana y tiene 20 años, yo me aseguro de que ese chaval tenga toda la información que pueda necesitar, me pongo a su disposición, le oriento… para mí es fundamental, lo hago por el gusto de hacerlo y para mantener la llama viva», apunta ‘El Indio’ acerca de este público, pero (comenta) no son ellos los únicos con la responsabilidad de mantener la llama: 

«Ahora ha habido un repunte de bandas de punk rock interesantes en Madrid, con jóvenes cultivando el género. El ‘efecto Biznaga’ (exitosa banda madrileña de punk) siempre es bueno, y ellos se han criado viendo conciertos en la Gruta y en otras salas. Pero es muy difícil hacer esa cancha sin el apoyo de los medios generalistas, porque nadie llega a esos géneros de casualidad, debe haber influencias y que les dé curiosidad. 

Esa es un poco nuestra labor, pero llegar a la gente más joven es muy difícil. Antes teníamos un gran aliado: las salas pequeñas en Radio 3, pero ahora parece un feudo de la música indie. Por suerte quedan programas como ‘El sótano’, ‘Patillismo ilustrado’, ‘Sateli 3’ de Charlie Faber… Y algunos otros que sí representan estos estilos del rock and roll más puros, que buscan el sentimiento y la comunicación inmediata con su público, por encima de la perfección.»

Este relevo que nos comenta Juan Luis se da, de forma algo paralela, en los medios de comunicación: precisamente el formato que más apoya sus géneros es la radio, que también estaba en declive, encontrando su revival con el formato podcast. 

 

 

La supervivencia del underground

Casi 25 años de rock and roll no pueden estar exentos de momentos preocupantes. Como muchos espacios culturales independientes, Gruta 77 ha tenido que enfrentar numerosas dificultades. La pandemia de COVID-19 fue especialmente dura, pero para la Gruta, apunta su fundador, no se convirtió en una sentencia de muerte como para otras salas: «Durante el COVID las salas tuvieron cierto rescate. Para algunas fue suficiente, pero otras se quedaron en el camino. El problema es que, cuando una sala cierra, lo normal es que no se vuelva a abrir, porque no hay nuevas vocaciones dispuestas a ello o no disponen de dinero para hacer esa inversión inicial, que es altísima. La infraestructura, insonorizaciones, equipos de sonido, personal… es todo muy caro. Si no tienes un respaldo económico potente, es muy difícil que un banco te dé apoyo.»

Si bien se vieron muy afectados (meses cerrados, aforos limitados, cancelaciones constantes…) en esa misma época terminaron de pagar su hipoteca, gracias a que en 2006 decidieran comprar la sala. No obstante, hubo otro imprevisto: «El Ayuntamiento de Madrid puso en duda nuestra licencia, la misma que ellos nos otorgaron. Fue un momento de mucho susto que duró aproximadamente un año y medio. Por suerte, el juez nos dio la razón, hará unos siete años», recuerda Juan Luis.

Juan Luis Nieto, ‘El Indio’, en la cabina de pinchadiscos de Gruta 77. Fuente: Xavier Amado

Más que una sala de conciertos

La programación de Gruta 77 es diversa, pero siempre comprometida. Aquí han tocado artistas como The Slackers, The Meteors, Glen Matlock (de los Sex Pistols) Marky Ramone (de los Ramones), o bandas nacionales como Lendakaris Muertos. También es una plataforma para bandas emergentes, como Los Malinches o Los Nastys, que encontraron en el Gruta su primer escenario serio. Pero la contribución de la Gruta con sus géneros no se limita a una sala de conciertos: el proyecto está integrado, también, por 25 salas de ensayo profesionales y una promotora que trabaja en numerosas salas de Madrid.  

«Son unos locales de calidad profesional orientados a todo el mundo», nos indica ‘El Indio’: «Se montaron con la idea de tener más presupuesto para programar bandas internacionales en la sala de conciertos. Gracias a la recaudación de esos locales, la programación de Gruta 77 es de mayor calidad, porque gran parte de ese dinero financia a la sala. Sirve para redondear el proyecto: los locales de ensayo son una fuente fiable de ingresos, a diferencia de la música en directo». 

Félix Carreras, virtuoso batería del grupo de noise pop Los Doplers y residente en Carabanchel, nos comenta el impacto que tiene Gruta 77 en su día a día y en el de los madrileños. «Vivo a 10 minutos andando y estoy muy familiarizado con la sala: he ido a conciertos desde que era aficionado a la batería y también recibo clases allí», apunta. Para él, Gruta 77 destaca dentro del panorama musical de Carabanchel, barrio con una oferta notable de salas de ensayo: «Respecto a otras salas en Carabanchel (que por suerte hay bastantes), Gruta destaca por su legado», afirma. No es para menos: «Han tocado grupos de mucho renombre: La fuga, Boikot, Porretas… y a nivel internacional algunos ejemplos son The Cloverhearts y Dead Boys, de EEUU».

Su relación con el lugar no se limita a ser público de los conciertos. Félix también acude regularmente a clases de batería en las propias instalaciones: «Recibo clases de Miguel Ferreira, un gran batería que ha dado clases a artistas como Chus Gancedo o Luismi, exbatería de Ska-P», destaca con orgullo. Conoce bien las salas de ensayo, que estuvo usando durante un año (experiencia que terminó cuando la banda se disolvió), y conserva buen recuerdo del lugar: «Los precios son asequibles en comparación con otros locales de la zona», explica. Sin embargo, señala que echa en falta ciertos elementos que fomenten la convivencia, como «una especie de bar para que hubiera más vida, y fomentar esa camaradería y apoyo entre músicos».

También describe el ambiente de las salas de la Gruta como «más pureta», con un público algo más envejecido que en otros espacios. A su juicio, esto se debe al tipo de música que predomina allí: «La sala cultiva géneros más de nicho, como el punk-rock, que tienen esa clase de público». En contraste, menciona el caso de Madreams, un local cercano «con un ambiente más joven, aunque mayormente hay raperos y productores en lugar de bandas».

Nos informa de paso de que la influencia de la sala trasciende más allá de ofrecer un espacio a los músicos para ensayar o tocar: «Desde hace 3 años hay un programa llamado Ensaya Carabanchel, en el que participa Gruta 77. Cada local de ensayo elige una banda, la apadrina, y les da seguimiento con un tutor. Las bandas se presentan a un concurso y graban un disco. Me parece una iniciativa fantástica».

«He ido a conciertos y además recibo clases. Allí han tocado artistas de mucho renombre: La fuga, Boikot, Porretas… y los internacionales Dead Boys»

 

La «vidilla» de un distrito bajo amenaza

El programa que nos comenta Félix está orientado a aquellos artistas noveles que residen, ensayan y tocan en Madrid. Está financiado por SURES (Plan de desarrollo del Sur y el Este de Madrid) y desarrollado por el Área de Gobierno de Cultura, Turismo y Deporte; en colaboración con salas como Gruta 77, Rockland, Matilda y Madreams. La oferta cultural en el distrito carabanchelero, en la actualidad, es rica y variada, y tampoco pasa desapercibida para el fundador de la Gruta: «El movimiento cultural en Carabanchel es fantástico. Nos encanta tener de vecinos a gente creativa de la que aprendemos mucho, porque antes era triste estar ahí nosotros solos, en un polígono industrial rodeado de solares. Estar rodeado de artistas te da una vidilla de narices», apunta. 

«Porque no son sólo músicos, es todo lo demás. Tenemos una asociación que se llama Carabanchel Distrito Cultural: es la asociación cultural más potente de Madrid, con cerca de 500 socios. Es realmente enriquecedor tener gente con todas las facetas de la cultura, poder charlar y tener proyectos para el barrio. Pero si siguen subiendo los precios, seguramente se irán los que estén más débiles económicamente, y con el tiempo todos». 

Miembros de la asociación. Fuente: Carabanchel Distrito Cultural

Pero… ¿por qué Oporto? ¿Por qué Carabanchel? El motivo fueron las licencias: 

«El Ayuntamiento de Madrid en aquel momento, a la hora de otorgar las licencias para salas de conciertos, nos excluían muchísimo, no nos las daban ni de coña. Yo, harto de trabajar en el centro de Madrid, decidí abrir una sala de conciertos en un polígono industrial. Todos me dijeron que estaba loco, que no iba a ir nadie, que sería un desastre… pues bueno, aquí estamos 25 años después», recuerda ‘El Indio’. 

Está en lo que se conoce como el Polígono ISO, que debe su nombre a la fábrica donde se producía el Isocarro, allá por los años 50. Posteriormente, con el tiempo, esta actividad atrajo a industrias, mayormente de artes gráficas, generando una potente actividad industrial. Con el paso de los años y la crisis del 2008 por guinda, estos espacios industriales quedaron vacíos y fueron rehabitados gracias a un tejido artístico y cultural. Gruta 77, en concreto, fue en su día una fábrica de cajas que abastecía a imprentas e industria textil. 

En el año 2000, al abrir la Gruta, «Había cero vivienda, todo alrededor eran solares», nos recuerda su fundador. En la actualidad (comenta) es más difícil identificar que se trata de un polígono, y el suelo es de uso mixto (industrial y residencial): «Desde las asociaciones se ha peleado para que el uso del suelo se mantenga sólo en industrial, para proteger a la industria cultural. Pero vaya, que nosotros fuimos a un polígono, y ahí seguimos. Desde la asociación lo documentamos y es una historia bastante interesante. No teníamos ninguna oportunidad de que nos dieran licencia en el centro de Madrid. Entonces me dije, ‘polígono industrial desde cero, pero no tendré problemas de licencia en la vida’, y al final los tuve» (risas).

Recorte de anuncio del Isocarro 200. Fuente: Mondoape.com

En plena era de Spotify, TikTok y eventos mainstream masivos, Gruta 77 es una anomalía necesaria. No tiene campañas millonarias de marketing ni influencers que lo recomienden. Dan cabida a lo que no sale en los medios. Su publicidad se hace boca a boca gracias a la fidelidad de su público y a unas redes sociales llevadas de forma casi artesanal (no en vano, tienen 24.000 seguidores en Facebook y 14.000 seguidores en Instagram): «Las redes sociales son nuestro ÚNICO elemento de promoción, son absolutamente fundamentales. Las trabajamos personalmente, siguiendo la filosofía de la sala, no subcontratamos a nadie. Yo, por ejemplo, les dedico mínimo 2h30 diarias», recuerda Juan Luis. 

Esta dedicación por lo humano se da en cada detalle. De hecho, al momento de idear este reportaje intentamos contactar con su fundador (‘El Indio’), para obtener más información sobre la sala. Desgraciadamente, no se encontraba disponible por unos días, pero los empleados no tuvieron mayor problema en responder rápidamente, darnos detalles, e incluso ofrecernos la entrevista tan pronto como volviera. 

 

«Es una sala moderna en sonido, pero con un punto de siempre»

Sara Barroso, reportera en la cadena autonómica madrileña y residente en Puerta del Ángel (a 3km de la Gruta 77) también es conocedora de la leyenda de la sala: «La primera vez que fui fue hace unos cinco o seis años, por recomendación de un amigo. Es una sala moderna en sonido, pero con un punto de siempre. Allí conocí a muchas personas que ahora son mis amigos».

Además (nos comenta) en la actualidad la sala amplía su abanico, no sin mantener su compromiso con los géneros del underground, a nuevas bandas emergentes que compartan los mismos principios musicales: «va mejorando y los grupos son cada vez más variados».

Los conciertos se dan varias veces por semana, muchos de ellos con precios populares. La sala cuenta además con una barra con precios asequibles, y sesiones de DJ posteriores que convierten las noches en veladas completas. 

Esta leyenda, aunque esté amparada por el boca a boca y los cientos de reseñas positivas en Google, es la prueba de algo más perenne: la fidelidad de un público y de mantener espacios donde lo importante no es la cantidad de seguidores, sino la calidad del directo. En un Madrid cada vez más caro, más uniforme y más digital, Gruta 77 resiste como una chispa analógica, imperfecta, sudorosa y real.

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