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periodismo universitario en internet

El porqué las tenistas siguen encorsetadas

 

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María Sharapova, Wimbledon 2007. Crédito: Agencias.

  • Las leyendas que han hecho un breakpoint al patriarcado

  • Cómo la moda ha marcado el curso de la raqueta femenina

A lo largo de la historia del tenis femenino, la ropa ha sido mucho más que un uniforme. Ha funcionado como símbolo, arma y hasta excusa para juzgar a las jugadoras más allá de su rendimiento. Desde las primeras figuras del deporte, la pista no solo ha medido velocidad, sino también “adecuación” y “feminidad” estética, según los estándares de cada época.

Esa doble vara comenzó a hacerse visible cuando pioneras como Suzanne Lenglen sacudieron la tradición con prendas más ligeras y un estilo propio que descolocó a una sociedad que aún creía que la deportista debía priorizar verse correcta antes que competitiva. En los años 30, Helen Wills Moody consolidó un ideal de sobriedad con su falda plisada y visera blanca, convirtiéndose en referencia de la “imagen correcta” para una tenista. Y en los 50, Althea Gibson no solo rompió la barrera racial, también tuvo que adaptarse a un estándar estético impuesto por un deporte que no estaba preparado para recibirla.

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Serena Williams y María Sharapova en la semifinal femenina de 2015, Wimbledon. Crédito: TNT Sports

La tensión entre rendimiento y apariencia se mantuvo a lo largo del tiempo. En los 70, Billie Jean King enfrentó críticas por desafiar las normas de género, mientras Chris Evert era encasillada en una imagen “angelical” que a menudo eclipsaba su dominio desde el fondo de la pista. Recientemente, Sabine Lisicki vivió algo similar en Wimbledon, ya que mientras se coronaba como la dueña del saque más rápido de la historia del tenis femenino, los discursos preferían centrarse en el color pastel de su vestimenta. 

Durante todo un siglo, distintas generaciones han enfrentado la misma dinámica, y es que la ropa en el tenis femenino rara vez ha sido una elección neutra. Incluso hoy, con más libertad y visibilidad que nunca, persiste ese residuo social que intenta dictar cómo “debería” verse una deportista.

 

Cuando la ropa pesa más que la raqueta

La presión estética que viven muchas tenistas puede parecer algo “externo” al deporte, pero en realidad afecta muchísimo a cómo se sienten dentro y fuera de la pista. Aunque en teoría lo importante debería ser el rendimiento, es muy común ver cómo se opina sobre el cuerpo o la ropa, algo que rara vez ocurre con la misma intensidad en el tenis masculino. Es como si a ellas se les pidiera competir, pero también encajar en un ideal visual que no siempre coincide con la comodidad o la funcionalidad que exige un partido de alto nivel. 

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María Sharapova en el US Open de 2014. Crédito: Getty Images

Muchas tenistas han hablado de esa sensación, de tener que “dar buena imagen”. Un ejemplo histórico es la icónica María Sharapova. Ella misma decía que le gustaba experimentar con su ropa y que sus diseños en la pista le servían para “mostrar su personalidad” sin distracciones. Además, su famoso “little black dress” para las noches del US Open –de Nike, lleno de cristales– fue una aclaración sobre que rendimiento y estética pueden ir de la mano. 

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María Sharapova en el US Open de 2006 vistiendo el “little black dress”. Crédito: Getty Images

Pero María no es la única que lo ha comentado. Y es que Paula Badosa no deja indiferente a nadie con su imponente determinación en sus 13 años de carrera. Cuando era más joven sufrió una gran presión mediática y deportiva. Tras ganar el Roland Garros Júnior, muchas personas empezaron a verla como “la nueva Sharapova”.  Tras hablar abiertamente sobre problemas de salud mental y su crecimiento personal, decidió cambiar su entorno profesional. 

 

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Paula Badosa, ganadora del torneo de Indian Wells 2021. Crédito: @paulabadosa

 Porque sí,  es abrumador tener un foco sobre la cara y estar todo el día preguntándose a sí mismas si deben ponerse lo que realmente les funciona o lo que se espera que lleven, incluso si se las va a  juzgar por su cuerpo antes que por su juego.

Lo interesante es que, en los últimos años, esta presión estética se está convirtiendo en un tema de conversación principal dentro del deporte. Para muchas, vestirse es una decisión que afecta a su confianza, a cómo se mueven en la pista y hasta cómo el público las percibe. Pero justamente por eso, la moda en el tenis se ha convertido en un espacio político

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Paula Badosa en el Australian Open 2025. Crédito: @paulabadosa

Cuando una firma apuesta por diseños funcionales pensados para el juego y no para la foto, está apoyando la autonomía de las jugadoras, pero si es al contrario, pueden añadir más peso a la sensación de estar siendo observadas. Actualmente, la moda está dejando de ser un detalle, pasando a convertirse en un elemento central en la experiencia de las jugadoras y en la evolución cultural del deporte. 

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Coco Gauff con un vestido blanco de relieves en Wimbledon 2025. Crédito: @wimbledon

El ace que lo cambió todo

Las eternas horas de sol del verano de 1971 se estaban fundiendo a las hojas cobres de la estación continua cuando una jovencísima Chris Evert de 16 años rompió todas las reglas del juego y logró un servicio fulminante. Con un espectacular minivestido blanco de encaje y un lazo en el pelo, la “Cenicienta en zapatillas” —así le apodaron los medios en su momento— desafió a los árbitros con su falda evasé y sin mangas cubriendo sus brazos, un diseño delicado a la par que audaz que representaba a la perfección el espíritu de las mujeres de las época: valientes, pero encarceladas en unos cánones exigentes que no les permitían expresarse libremente. 

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Chris Evert con el vestido que cambió las reglas del juego. Crédito: Getty Images

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A mitad del siglo XX se empezaron a crear vestidos más cortos para las tenistas. Crédito: LIFE

Más allá de la emblemática instantánea de la ganadora de dieciocho Grand Slams, lo de Evert en su debut en el US Open fue el aviso sibilino por el que gracias ahora millones de mujeres pueden ser deportistas sin perder su esencia, una reclamación de su espacio en los aspectos sociales —que, en su mayoría, estaban reservados para los hombres— a través de la moda, una expresión de resistencia en silencio. Porque antes de esta leyenda, las tenistas debían conquistar el game, set and match encorsetadas y vistiendo largas faldas con las que se tropezaban en la pista. 

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Una tenista vestida con pamela, tacones, falda larga y corset, durante un entrenamiento. Crédito: JH Lartigue

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Maud Watson haciendo uso de su ropa casual para practicar deporte. Crédito: Getty Images

Ahora, en pleno siglo veintiuno, las mujeres siguen vistiendo con microfaldas y prendas apretadas. Eso sí, sin encajes y sin corsés: estos han sido reemplazados por tejidos ligeros y transpirables. “Fue a finales del siglo veinte cuando empezó la revolución”, nos comentaba una de las periodistas referentes de nuestro país en el ámbito deportivo. “La tecnología y los textiles han ayudado mucho a ese cambio de indumentaria”, proseguía. 

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La tenista Dorothea Douglass Chambers en un partido. Crédito: Getty Images

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Anna Kournikova, en Wimbledon. Créditos: Getty Images

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Suzanne Lenglen y Elizabeth Ryan en Wimbledon, 1921. Crédito: Getty Images

Las hermanas Williams (Venus y Serena) Paula Badosa, Anna Kournikova, María Sharapova, Garbiñe Muguruza, Martina Navratilova… mujeres que lideran —o lideraron, cuando estaban activas— los ránkings mundiales y que, al mismo tiempo, marcan tendencia e inspiran a millones de niñas. Porque hoy ellas pueden decidir con qué quieren competir, ganando así cada vez más terreno a los estereotipos que nos machacan. Sin embargo, Lida A. Costa —periodista especializada en moda y deporte—, lamenta que, a pesar de estos avances, “seguimos vistiendo a la mujer de una forma sexy, aunque esté sudando la gota en un campeonato de tenis de primera categoría”. 

¿Quieres ver cómo han evolucionado los conjuntos de las tenistas a lo largo de la historia? ¡No te lo pierdas!

Cómo las marcas deportivas dictan la estética de las tenistas

Lejos de ser una expresión individual, la moda que se ve sobre las pistas se decide lejos del deporte. Es en los despachos de Nike, Adidas o Fila, entre otras marcas, donde el diseño convive con contratos millonarios, obligaciones publicitarias y estrategias globales de posicionamiento. Una de las comunicadoras que más ha visibilizado el tenis femenino afirma que la industria de la moda vio el negocio y empezó a innovar, poniendo las pistas al servicio de un escaparate mundial que no solo viste a las deportistas, sino que fabrica deseos de consumo.

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La tenista Mónica Seles en Berlín, 1990, con equipación de Fila. Crédito: Agencias

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La tenista danesa Caroline Wozniacki con equipación de Adidas. Crédito: @adidastennis

Las grandes marcas deportivas no crean tendencias por sí mismas, pero sí influyen en el ecosistema que las produce. Como explica Lidia A. Costa, las firmas deportivas “inspiran tendencia”, aunque quien realmente las crea es la industria de la moda. Aún así, ambas viven en un bucle donde deporte y pasarela se retroalimentan: las marcas deportivas aportan iconografía, siluetas o prendas históricas —camisetas de fútbol, sudaderas, equipaciones retro— y las casas de lujo las reinterpretan, generando un círculo en el que el deporte se convierte en estética y la estética se vuelve consumo global. 

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Naomi Osaka como embajadora de Nike. Crédito: Nike.com

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La tenista china Xinyu Wang con estilismo de Adidas. Crédito: @adidastennis

En el tenis, esta dinámica alcanza un nivel singular. La colaboración lanzada en 2024 entre Nike, Naomi Osaka y la diseñadora Yoon Ahn lo ejemplifica. La colección contiene prendas pensadas para el rendimiento que incorporan elementos propios de la alta costura, como lazos extragrandes, cortes escultóricos o colores inspirados en uniformes escolares vintage. La modista coreana explica que su objetivo fue crear algo que permitiera a la tenista “mostrar toda su personalidad”, una declaración que suena liberadora, pero que también revela el peso de la narrativa de la marca: la deportista no solo compite, también encarna un concepto comercial.

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Colección de Nike diseñada por Yoon Ahn. Crédito: Nike.com

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Naomi Osaka con estilismo de Yoon Ahn en el US Open de 2024. Crédito: Agencias

Este escenario abre un debate incómodo sobre cuánta es la libertad de las tenistas a la hora de decidir lo que se ponen. Una de las voces más reconocidas del periodismo deportivo español recuerda que las marcas van por delante de lo que pueden vender, lo que implica que, en muchas ocasiones, el outfit que una jugadora luce obedece menos a su comodidad que a una estrategia de impacto visual. El caso del catsuit de Serena Williams en 2018 —criticada por el presidente de la Federación Francesa de Tenis por llevar pantalones, en vez de falda— mostró hasta qué punto el control sobre la apariencia femenina sigue siendo una disputa entre tradición, marketing y poder institucional. 

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Serena Williams con ‘catsuit’ en Roland Garros 2018. Crédito: Agencias

El diablo viste de shorts

Esto que Serena Williams realizó puede parecer una mera posibilidad que las tenistas, tanto profesionales como aficionadas, simplemente ignoran. Sin embargo, la reacción de uno de los líderes referentes en la industria cargando contra la ganadora de veintitrés Grand Slams firma la sentencia que impide, en pleno 2025, a las mujeres vestir libre y cómodamente — reforzando así “ciertos estereotipos corporales”, tal y como nos confesaba una aclamada periodista especializada en la temática tratada—. 

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Serena Williams con mono asimétrico en el Open de Australia 2021. Crédito: Agencias

No obstante, y con el marcador en contra, las tenistas aún pueden remontar y ganar el partido a la industria patriarcal y machista que se encuentra en las gradas y en las empresas que diseñan y deciden qué y cómo deben vestir. Si las grandes masas las tratan como figurines, ellas deben contraatacar como se hizo en las grandes pasarelas del siglo pasado: usando pantalones. Cortos, largos o piratas, pero usándolos —como ellas quieran, por supuesto, priorizando, por primera vez y por completo, su confortabilidad y su rendimiento por encima de la estética y el placer visual de los aficionados—.  

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Anne White con ‘catsuit’ blanco en Wimbledon 1985. Crédito: Agencias

Como señala Lidia A. Costa, es conveniente tener presente el momento en el que algunas pioneras del tenis femenino se dieron cuenta de que podían dejar de usar ropa pensada para hombres y optar por prendas diseñadas por y para ellas. Pero esto no solo puede quedar en una anécdota del pasado. La ruptura de los estereotipos de género debe continuar dando un altavoz a las grandes referentes dentro y fuera de las pistas —las tenistas y las diseñadoras—. Esa es la llave para abrir la puerta a una mayor autonomía para las jugadoras.

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Yelena Rybákina con shorts negros debajo de la falda en Wimbledon. Crédito: Agencias

Mientras tanto, el desafío sigue siendo el mismo: que la moda deje de imponer estándares y deje paso a la libertad de elección, o mejor dicho, a la igualdad entre hombres y mujeres. Está en manos de las marcas y patrocinadores convertir la moda en una herramienta de empoderamiento y no de control. Solo así, las pistas podrán reflejar un deporte donde la equidad y la autenticidad se midan por el talento de la tenista, y no por lo que viste. 

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La tenista española Lilí Álvarez en Wimbledon 1926. Crédito: Agencias

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