De alquilar ‘Los Goonies’ a imprimir fotocopias: la metamorfosis de uno de los últimos videoclubs de Madrid

Nacho Álvarez Arias, propietario del Videoclub Arfe. Autor: Adrián García Gómez
· El Videoclub Arfe abrió en 1977 y hoy sobrevive gracias a la copistería, la paquetería y la fotografía
· Nacho Álvarez Arias afronta el declive del formato físico de forma realista y adapta el negocio a los nuevos tiempos
A las diez de la mañana, Nacho Álvarez Arias levanta la persiana del videoclub Arfe y el primer cliente que entra no es alguien preguntando por cine, sino a recoger un paquete. Después, una señora que necesita unos cartuchos de impresora. Nadie se acerca a las estanterías de películas. Nacho atiende, imprime, cobra y, cuando no hay ningún cliente, aprovecha para pasear por los pasillos de esa parte del local. “Que vengan a alquilar películas dos o tres personas a la vez… difícil”, dice. El videoclub sigue ahí, pero ha pasado a un segundo plano y el propietario ha sabido reinventarse para poder sobrevivir frente a la extinción del formato físico.
Arfe todavía cuenta con 14.494 socios en su base de datos, pero el día a día es completamente distinto. Nacho, de 42 años, lo resume de manera sencilla: “Hemos metido fotocopias, paquetería y es mucho más lo de fotocopias o paquetería que la parte de videoclub”. El establecimiento es hoy una tienda de servicios que mantiene un videoclub en la sala principal, y no al revés.
De tienda de decomisos a videoclub del barrio
El local no nació como videoclub. Un tío de Nacho lo abrió en 1977 y después lo continuó su padre. Por aquel entonces funcionaba como una tienda de decomisos. “Eran tocadiscos, altavoces, pilas, como un poco de la tecnología que había a finales de los 70”, recuerda el propietario. Una pequeña cartulina de aquel año, que funcionaba como calendario, es el recuerdo más antiguo que conserva del negocio. Además, lleva el logotipo original de Arfe.

Nacho Álvarez muestra una tarjeta de 1977, año de apertura del Videoclub Arfe. Autor: Adrián García Gómez.
Un logotipo que ha estado más de treinta años fuera del cartel y que ha vuelto hace unos meses, después de que la serie Cochinas, de Amazon Prime, rodara en el local y lo rotulara con un nombre ficticio. El propio diseñador gráfico de la serie fue quien aconsejó a Nacho recuperarlo. Volviendo a la historia de Arfe, el cambio a las películas llegó con la nueva década. “A principios de los 80 empezó el boom del cine en casa y ya se cambió a videoclub”, afirma el dueño. Durante muchos años, esa ha sido la principal sección de la tienda, cuya permanencia se ha visto favorecida, en gran medida, por su ubicación.
El colchón demográfico del barrio del Pilar
Nacho no es del Pilar. Es de Aluche, conoce el barrio “de toda la vida” y llegó al negocio, cuenta, “por unas cosas y otras”. Empezó la carrera de Físicas, la dejó, se fue a viajar y acabó detrás del mostrador hace unos 17 o 18 años. Cuando él entró, el alquiler de películas ya había empezado a decaer.
En su opinión, la supervivencia de Arfe tiene un primer factor geográfico. Aunque el ranking europeo varía según el parámetro urbanístico, un estudio de demanda del Portal de Transparencia del Ayuntamiento de Madrid sitúa la densidad del barrio del Pilar en 336 habitantes por hectárea y lo señala como el barrio más denso de todo el distrito de Fuencarral-El Pardo; el Anuario Estadístico municipal de 2005 recogía 51.228 vecinos en 136 hectáreas, unos 376 por hectárea. “En el barrio del Pilar vive gente para aburrir”, resume Nacho, y para él la cuenta es sencilla, “a más gente, pues más probabilidad hay”.

Fachada del Videoclub Arfe. Autor: Adrián García Gómez.
El segundo factor es la competencia cerca del local, aunque durante años ha ido desapareciendo y actualmente lo son más las plataformas de streaming que cualquier otra cosa. A veinte metros de Arfe había un Blockbuster y cuando cerró “muchos clientes vinieron de muchos videoclubs cercanos”. Respecto a la piratería, que fue uno de los mayores retos a los que el negocio ha tenido que enfrentarse, “se cargó a muchísima competencia”, confiesa Nacho.
Según datos de la SGAE (Sociedad General de Autores y Editores) y de AMETIC (Asociación Multisectorial de Empresas de la Electrónica, las Tecnologías de la Información y la Comunicación, de las Telecomunicaciones y de los Contenidos Digitales) recogidos por Xataka, las ventas de soporte físico en España pasaron de 26 millones de unidades en 2002 a 12 millones en 2013, y el ingreso por venta de DVD cayó de 281 millones de euros en 2007 a 15 a 5 millones en 2011.
La embestida definitiva llegó con el COVID y el auge del ‘streaming’. “Las plataformas digitales realmente no fueron un problema hasta el COVID”, pero con el encierro, “el que no lo tenía se la hizo”, y al volver a la normalidad “se notó un bajón importante”, confiesa su dueño. Arfe resistió porque ya vendía otras cosas y porque, dice Nacho, “siempre hemos trabajado bien”. Eso sí, sin atribuirse méritos heroicos ni colocarse medallas, cuando le preguntan cómo ha resistido tantos años, la respuesta es un golpe de realidad: “Si fuera solo videoclub, no aguantábamos”.
El cambio en la rutina de Arfe
En el día a día, la mayor parte de la actividad de Arfe se concentra en el mostrador. Los clientes pueden comprar material de impresión, como cartuchos de tinta y papel fotográfico, hacer fotocopias, enviar o recoger paquetes, o hacerse fotografías de carnet. Además, pueden inscribirse como nuevos socios del videoclub. El trámite es gratuito y da acceso a descuentos de entre el 20 % y el 30 % en el alquiler de películas.
En la planta baja, de acceso exclusivo para los trabajadores, hay un estudio fotográfico, televisores de tubo y reproductores de VHS y DVD. Es allí donde el propietario y sus empleados digitalizan las cintas que llevan los clientes. Algunas superan los treinta años de antigüedad, como la que nos enseña Nacho, que guarda las imágenes de una boda celebrada hace ya varias décadas y que, gracias a este proceso, puede volver a verse en el presente.

Nacho Álvarez Arias muestra una cinta VHS de más de 30 años. Autor: Adrián García Gómez.
En esa misma planta estaban las estanterías de cine para adultos que no podían quedar a la vista del público infantil y que hoy están vacías. “Ya no hay películas porno. Se pusieron todas a la venta”, explica Nacho. Ahora, esa zona se utiliza para sesiones de fotos, el último servicio que ha incorporado el negocio y que comenzó hace apenas unos meses en un espacio que antes, según el propietario, “era un solar”.
Lo que está claro es que Nacho no ve ningún drama en todos estos cambios. “Mantengo la parte del videoclub porque sigue siendo rentable y porque a mí me gusta. Tengo un local grande, puedo compaginarlo con otras cosas y porque los números salen”, aclara. En 2024 cerró Ficciones, el videoclub de Lavapiés y uno de los últimos de la capital. Su propietaria, Marcia, intentó mantenerlo con una campaña de crowdfunding y una tarifa plana, pero no salió adelante. “Tenía solo videoclub y merchandising de cine, y al final pues con eso es difícil aguantar”, comenta Nacho.
Según el propietario, antes entraban siete u ocho novedades a la semana y ahora, como mucho, dos o tres, por lo que el alquiler de películas se ha reducido considerablemente. “El sábado por la tarde era el mejor día de la semana, ahora es el más flojo con diferencia”, recuerda. Ahora aprovecha la venta de las mismas. Muchos clientes se deshacen de sus DVD y otros los donan al local. Nacho los vende a buen precio a coleccionistas, incluso de fuera de Madrid, que se ponen en contacto con él por WhatsApp para conseguir algún título que les falta.
Las plataformas de streaming son la competencia y eso lo complica todo
El límite del negocio, según Nacho, está fuera del local. Las plataformas han dejado de editar muchos de sus estrenos en formato físico y, sin copias, no hay alquiler posible. “De las ganadoras de los Óscar del año pasado, creo que han editado dos: Los pecadores y Una batalla tras otra”, afirma.
Como ejemplo, menciona a KPop Demon Hunters, uno de los principales fenómenos en el mundo del cine el año pasado y que conoce de cerca por sus hijos. “Si las K-Pop las sacaran en DVD hace 20 años, las alquilarían todos los días cinco veces”, confiesa. Sin embargo, la película está disponible en Netflix y no se ha editado en disco. Para Nacho, esto también limita el acceso a los contenidos: “Un niño que no tenga Netflix no la puede ver”.
El propietario señala que Disney sigue lanzando sus películas en DVD aproximadamente un mes después de su estreno en la plataforma, mientras que Netflix y HBO no suelen hacerlo. Su previsión es que llegará un momento en el que el 95 % del cine dejará de publicarse en formato físico y este quedará reservado “o para clásicos o para restos”. Si eso ocurre, tendrá que plantearse si mantiene la sección del videoclub.

Estantería de películas del Videoclub Arfe. Autor: Adrián García Gómez.
La reflexión de Nacho va más allá y apunta a un cambio más amplio en la distribución audiovisual. Mientras algunas compañías tradicionales siguen editando películas en Blu-ray o DVD después de su estreno, las plataformas digitales han apostado al completo por el acceso en línea y han reducido su presencia en el mercado de las copias físicas. Para Nacho, el problema es que “no quieren que seamos propietarios, quieren que tengamos suscripciones a cosas”.
Según el Panel de Hogares de la CNMC, a finales de 2025 el 65,7 % de los hogares con acceso a Internet utilizaba alguna plataforma audiovisual de pago, y más del 65 % de los hogares empleaba más de una. A su juicio, ese mismo patrón se repite en otros ámbitos cómo la música, las fotografías almacenadas en la nube, los coches de renting, los programas ofimáticos que se pagan por unos pocos euros al mes o los cartuchos de impresora que HP envía a domicilio.
Nacho señala también el riesgo de depender de servicios digitales. “Si una empresa quiebra, lo que la gente guarda en su nube puede perderse”, avisa. En cualquier caso, no cree que el consumo vaya a regresar al disco, ya que cuando se le pregunta si el paso al digital se revertirá, responde que no, y que está convencido de que ya no hay vuelta atrás.
Otro de los últimos bastiones del formato físico en el cine
A tan sólo unos kilómetros del barrio del Pilar, en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense, el formato físico continúa existiendo. Luis Hernández, bibliotecario del centro, explica que la videoteca que albergan se sigue utilizando y mantienen un espacio de cine para que “cualquier persona pueda ver ahí películas en DVD”.
El espacio, que recibe el nombre de Antonio Lara, en homenaje póstumo al doctor profesor de la facultad Antonio Lara García, reúne una colección de 9.000 ejemplares disponibles para préstamo a domicilio o para su visualización en los puestos de la misma. “Tenemos una colección de DVDs histórica muy grande e incluso ahora se siguen adquiriendo algunos. Pocos porque ya no es el formato del futuro ni del presente, pero sí, sí que se usan”, confiesa Luis. Algo parecido a lo que ocurre con Arfe; el disco ya no se produce en el mercado actual.
En la facultad, actualmente, quién esté interesado en una película, puede solicitarla de manera sencilla, como si de un libro se tratara. “Ahora las tenemos todas almacenadas y se pueden solicitar como un libro, mediante el sistema del catálogo de reservas”, dice el bibliotecario. No obstante, la demanda de este formato físico en la videoteca de la facultad, ha caído en los últimos años. “Debió ser hace ya unos años, quizá cuatro, cinco, seis años, no lo sé”, aclara.
Pero no ha desaparecido completamente, en parte debido a su petición por parte de los docentes, tal y como nos transmite Luis. “Aún así nos la siguen pidiendo, porque para la propia enseñanza en clases muchos profesores y profesoras vienen y os ponen a vosotros DVDs”, confiesa. Al ser una universidad pública, estas instalaciones están abiertas al público general aunque normalmente sean los profesores y estudiantes los que hacen uso del espacio de cine.
La biblioteca sigue apostando por el formato físico
Conservar películas en formato físico plantea hoy una paradoja: cada vez hay menos dispositivos en los que reproducirlas. En la biblioteca de la Facultad de Ciencias de la Información, sin embargo, esta dificultad tiene solución. Gracias a su propio equipamiento, el espacio de cine permite a los usuarios ver los DVD en las propias instalaciones.
La biblioteca no solo busca preservar películas, series y documentales, sino que también ofrece plataformas de streaming para facilitar su visionado. Ambos formatos conviven así en un mismo espacio, que trata de mantener el acceso a estos contenidos sin renunciar a las posibilidades que ofrece la tecnología actual. Luis Hernández considera que, junto a Arfe y pocos videoclubs más, esta videoteca podría convertirse en uno de los últimos refugios para el DVD. “Probablemente sí, que como tantas otras cosas, las bibliotecas seremos quienes mantengamos ciertos documentos siempre accesibles”, afirma.
Sobre la voluntad de conservar el formato físico, Nacho Álvarez advierte de la dependencia que supone el consumo audiovisual a través de plataformas digitales. La permanencia de películas, series y documentales en sus catálogos está condicionada por los acuerdos de distribución y los derechos de las empresas. Un modelo que plantea dudas sobre el futuro acceso a determinados contenidos si desaparecen los servicios que los alojan. “Netflix cierra y todos los archivos se pierdan para siempre”, avisa.

El buzón por el que los clientes devuelven las películas que hayan alquilado en el Videoclub Arfe. Autor: Adrián García Gómez
De cliente desde la infancia a empleado
Ante la incertidumbre sobre el futuro del formato físico, hay algo que sí que permanece en Arfe: los recuerdos de quienes han pasado por el videoclub a lo largo de su existencia. Javier Maestre camina por los pasillos del local como quien abre y hojea el álbum de su infancia: misma calle, vive a diez minutos y cliente sin ser consciente de ello. “Venía mi madre a alquilar y dejar películas, revelar carretes y de todo”, dice.
Primero eran las películas para niños; después, las de acción y superhéroes. Allá por el 2006, Ghostship, cuya portada era la de un barco y una calavera, le daba miedo cuando estaba en las estanterías de suspense. Las ediciones extendidas de El señor de los anillos le recordaban que “esa la tenemos en casa”, porque se las había comprado su madre.
Y Zombie Party es la película que, junto a su hermano, alquilaron “más de veinte veces”: la devolvían y la volvían a alquilar al instante para no pagar el retraso, y en casa la introducían de nuevo en la PlayStation 3. Hace casi tres años, cuando trabajaba de socorrista, entró al videoclub para alquilar una película y, al salir, se dio cuenta de que buscaban un empleado y dijo: “Esta es la mía”.

Javier Maestre, antiguo cliente y actual trabajador de Arfe, en el exterior del establecimiento. Autor: Adrián García Gómez.
Javier ve en esas carátulas y en las conversaciones que se dan en lugares como Arfe el aspecto diferencial que las plataformas no ofrecen. “Antes venías aquí y dedicabas tiempo a ver las carátulas a ver de qué trataba la película”, explica comparándolo con Netflix o Prime, donde “tienes un catálogo tan grande que al final no sabes por dónde empezar”. En su opinión, las recomendaciones que las propias plataformas de streaming hacen, responden a unos criterios fijados por alguien o algo que no sabes ni quién es, buscando mantener al usuario consumiendo. Sin embargo, en un videoclub quien te recomienda una película lo hace porque de verdad le ha gustado y quiere que tú también te sumerjas en ella.
Una investigación acerca del consumo audiovisual describe ese bloqueo y fatiga. Según un análisis de la Universitat Oberta de Catalunya, la profesora Elena Neira analiza cómo afectan las horas de reproducción, y que Netflix detectó que, si el usuario no encuentra algo de su interés en 60-90 segundos, aumenta su riesgo de abandono. En Arfe, según Nacho, la mayoría pide consejo. “Hay gente que viene directo sabiendo la película que quiere y otros que quieren que le recomiendes tú”, añade.
Horas y horas pegados al móvil
La distracción también está en el sofá de casa. Nacho, que confiesa no tener una película favorita porque dice haber visto miles de películas, se incluye entre los afectados. “Yo soy el primero que, viendo una peli de tres horas, me cuesta lo que antes no me costaba. Antes me podía ver tres pelis del tirón”, explica. Lo relaciona con las redes sociales y YouTube, y está convencido de que los productores lo saben y por eso “en las pelis ponen conversaciones más cortas”.
El dato general apunta en la misma dirección. El Barómetro TV-OTT de Barlovento, de febrero de 2023, recogido por la UOC, situaba en el 56,6% a los españoles que utilizan el móvil mientras ven la televisión, y solo tres de cada diez decían no usar ningún otro dispositivo. Nacho comenta que también ocurre en el cine, donde hace unos días vio a la gente sacando el móvil. Javier, en cambio, dice que la duración de la película le da igual y que su problema es otro: elegir una que merezca la pena.
La historia de Arfe no se limita a las películas ni a la forma de verlas. A lo largo de los años, el videoclub ha acumulado anécdotas que reflejan el vínculo con sus clientes y su presencia en el barrio. Cuando el negocio funcionaba bien, Nacho recuerda un día que se fue la luz en gran parte del Barrio del Pilar y la gente seguía entrando con linternas para alquilar películas e incluso llevárselas. Por el local también han pasado rodajes: el programa de La 2 Un país para reírlo, con Goyo Jiménez y Jorge Sanz; la serie Cochinas, mencionada previamente y cuyo tráiler muestra su escaparate; y otras películas, series y anuncios, porque “cuando necesitan un videoclub poco hay donde elegir”, asegura.

Nacho y Javier atienden a una clienta en el mostrador de Arfe. Autor: Adrián García Gómez.
Y queda la base de datos. Javier un día encontró la ficha de su madre, creada en 1993, un dato que sorprendió al propio Nacho, quien recuerda que hace años, se alquilaba con papel y boli. Mientras esa lista de nombres resiste en un monitor de tubo y las impresoras no dejan de sacar etiquetas de envío, Arfe sigue funcionando. Sin nostalgia ni intención de salvar el cine, pero con la persiana arriba cada mañana.
