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periodismo universitario en internet

El precio de un silbato: miedo en el fútbol base

El árbitro madrileño en pleno partido de futbol base

Juanma Fernández arbitrando uno de sus partidos

  • Los insultos y las amenazas se han convertido en una realidad habitual para muchos árbitros de categorías inferiores

  • El testimonio de Juan Manuel Fernández refleja los riesgos de arbitrar en el fútbol base

La violencia, los insultos y las amenazas forman parte de la realidad de los árbitros de fútbol base. Juan Manuel Fernández comenzó a arbitrar para ganar algo de dinero, pero descubrió una profesión que ahora le gusta y en la que aspira a crecer. Su objetivo es ascender de categoría y, algún día, llegar al fútbol profesional. Sin embargo, el camino no está libre de dificultades. Según cuenta, los insultos desde la grada son habituales en casi todos los partidos. Uno de los episodios que más le marcó ocurrió al terminar un encuentro, cuando jugadores y aficionados, en su mayoría padres, se acercaron con intención de agredirle. La situación llegó a tal punto que fue necesaria la intervención policial. Todo quedó en un susto, pero el incidente refleja el riesgo al que se enfrentan quienes arbitran en categorías inferiores. Su experiencia recuerda que el respeto también debe formar parte del fútbol.

El pitido final debería marcar el cierre de un partido. Los jugadores se saludan, los entrenadores recogen sus cosas y las familias abandonan las gradas. Sin embargo, para algunos árbitros de fútbol base, ese momento puede convertirse en el más peligroso de la jornada. Lo que debería ser una competición deportiva entre jóvenes acaba, en ocasiones, con insultos, amenazas e incluso intentos de agresión contra quienes se encargan de aplicar el reglamento sobre el césped.

Padres insultan al árbitro mientras se disputa un partido de categorías inferiores

Padres de jugadores insultan al árbitro en un partido de categorías inferiores. El País

La figura del árbitro resulta imprescindible para el desarrollo de cualquier partido, pero su trabajo no siempre recibe el respeto que merece. Cada decisión puede generar protestas y desacuerdos, desde una falta hasta un penalti o una tarjeta. En las categorías inferiores, donde muchos colegiados todavía están aprendiendo y desarrollando su carrera, la presión puede llegar tanto desde el terreno de juego como desde las gradas. Lo que comienza como una discrepancia deportiva puede terminar convirtiéndose en una situación de intimidación.

En Variación XXI hemos hablado con Juan Manuel Fernández y su historia refleja esta contradicción. Sus primeros pasos en el arbitraje estuvieron motivados por una cuestión económica: buscaba ganar algo de dinero. Con el tiempo, aquella actividad se convirtió en algo más. Descubrió una profesión que le gusta y en la que quiere seguir creciendo, con el objetivo de ascender de categoría y, algún día, llegar a dirigir partidos de Primera o Segunda División.

De empezar por dinero a querer llegar a mejores divisiones

 

«Al principio empecé por tener unos dinerillos y unos ahorros pero me gusta y quiero seguir avanzando de categoría», declaró el árbitro madrileño. Sin embargo, el camino hacia ese objetivo también tiene una cara menos visible. Según cuenta Fernández, recibir insultos por parte de los espectadores se ha convertido en una situación habitual, presente en prácticamente todos los partidos. Los comentarios ofensivos y las faltas de respeto terminan formando parte de una rutina que los colegiados tienen que afrontar cada fin de semana. La repetición de estas situaciones puede contribuir a normalizar una conducta que no debería tener cabida en el deporte. Que un árbitro esté acostumbrado a escuchar insultos no significa que deba aceptarlos como parte de su trabajo. Detrás del silbato hay una persona que trata de desempeñar su función y que, como cualquier otro trabajador, tiene derecho a hacerlo sin miedo a sufrir amenazas o agresiones.

Cuando el partido termina y empieza el peligro

Hay encuentros que se olvidan al llegar a casa y otros que permanecen en la memoria durante mucho tiempo. Para Juan Manuel Fernández, uno de ellos quedó marcado por lo ocurrido después del pitido final. Lo que debería haber sido el cierre de un partido se transformó en una situación de tensión que llegó a poner en riesgo su integridad física.

Al terminar el encuentro, varios jugadores de uno de los equipos y aficionados, en su mayoría padres de los futbolistas, se dirigieron hacia él con intención de agredirle.«Se pusieron más agresivos conmigo y tuvo que venir a sacarme la policía del campo con seguridad y todo quedó en un susto», afirma Juan Manuel. La situación fue lo suficientemente grave como para que tuviera que acudir la policía al campo, menos mal que todo quedó en un susto y no llegó a producirse la agresión que parecía amenazarle, pero el episodio dejó claro hasta qué punto una discusión deportiva puede traspasar los límites.

Árbitro abandona el estadio de Vallecas escoltado por la policía

José Luis Guzmán Mansilla, escoltado al salir de Vallecas. EFE

El caso plantea una pregunta fundamental: ¿cómo es posible que un partido de fútbol base termine con la intervención de la policía por el comportamiento de quienes deberían contribuir a que el deporte sea un espacio seguro? La presencia de familiares y aficionados debería servir para apoyar a los jóvenes futbolistas, no para generar situaciones de intimidación hacia los árbitros.

El problema adquiere una dimensión especial cuando los protagonistas de la competición son menores de edad. El fútbol base no es únicamente un espacio para aprender a competir, sino también para interiorizar valores como el respeto, el compañerismo y la deportividad. Cuando los adultos reaccionan de forma violenta ante una decisión arbitral, transmiten un mensaje contrario a esos principios.

Un estudio realizado conjuntamente por LaLiga y Puma señala que el 57 % de los padres con hijos que juegan al fútbol detecta insultos y peleas entre adultos en el fútbol base. La iniciativa que han impulsado ambas entidades busca precisamente poner el foco en el papel que desempeña el entorno de los jóvenes deportistas.

El dato ayuda a comprender que la violencia en los campos no puede atribuirse exclusivamente al comportamiento de los jugadores. Las gradas también forman parte del problema y, por tanto, de la solución. El ejemplo de los adultos puede influir en la manera en que los menores entienden la competición y reaccionan ante las decisiones que consideran injustas.

Una violencia que no aparece en las estadísticas

 

Las agresiones físicas constituyen la expresión más extrema de un problema que también se manifiesta en forma de insultos, menosprecios y amenazas. Sin embargo, mientras que una agresión física puede dejar lesiones y dar lugar a una denuncia, la violencia verbal resulta más difícil de medir. Los insultos que recibe un árbitro durante un encuentro no siempre quedan registrados, aunque puedan repetirse jornada tras jornada.

Durante la temporada 2024-2025 se registraron 177 agresiones físicas a árbitros en el fútbol español, de las que 24 tuvieron como víctimas a menores de edad, según un estudio interno del Comité Técnico de Árbitros (CTA). La cifra refleja la existencia de un problema que afecta también a colegiados jóvenes, algunos de ellos todavía en edad de formación.

Paliza a un árbitro en la liga turca por parte del presidente de un club.

El árbitro Halil Umut Meler, en el suelo, es agredido durante un partido de la liga turca. AFP

El mismo informe muestra que el problema se concentra en algunos territorios. Cataluña encabeza la lista con 54 agresiones, seguida de la Comunitat Valenciana, con 35. En la Comunidad de Madrid, donde arbitra Juan Manuel, se contabilizaron 10, dos de ellas contra menores. En conjunto se presentaron 143 denuncias. Y la situación no ha mejorado: en los dos primeros meses de la temporada actual se han registrado ya hasta 30 agresiones físicas. Ante este escenario, el CTA y el Gobierno se reunieron el pasado 16 de diciembre para estudiar una reforma legal que refuerce la protección de los árbitros, además de nuevas campañas de prevención y concienciación.

A estos casos se suman las agresiones verbales, cuyo alcance resulta mucho más difícil de establecer. No existe un registro oficial completo que contabilice todos los insultos y amenazas dirigidos contra los árbitros durante una temporada. Por ello, las cifras de agresiones físicas no permiten conocer por sí solas la dimensión total de la violencia que sufren los colegiados.

Insultos y agresiones verbales de todo tipo que reciben los árbitros de fútbol españoles

Diversos insultos a árbitros. Imagen de MARCA

La ausencia de estadísticas completas dificulta identificar la frecuencia real de estos comportamientos y valorar su evolución. También complica conocer cuántos árbitros abandonan la profesión después de sufrir episodios de violencia o cuántos llegan a plantearse dejarla. En este contexto, los testimonios personales adquieren importancia para mostrar una realidad que no siempre queda reflejada en los datos oficiales.

La diferencia entre las categorías profesionales y el fútbol base también resulta significativa. En España hay más de 15.000 árbitros federados de fútbol y fútbol sala, según la documentación consultada, pero solo una pequeña parte dirige encuentros en la máxima categoría. La mayoría desarrolla su actividad en competiciones territoriales, juveniles y de formación, donde se enfrenta cada semana a los desafíos propios del arbitraje.

Las condiciones económicas evidencian otra de las diferencias entre ambos niveles. En Madrid, arbitrando en fútbol base puedes llegar a ganar 200 euros si arbitras muchos partidos, según nos ha podido contar Juan Manuel.  En Primera División, el convenio profesional de la temporada 2026-2027 establece un salario fijo anual de 152.692 euros, al que se suman 26.206 euros anuales por derechos de imagen y una prima de 5.167,63 euros por partido.

La comparación permite observar dos realidades distintas dentro de una misma profesión. Mientras que el arbitraje de élite cuenta con condiciones económicas profesionales, la mayoría de los colegiados desarrolla su labor en categorías inferiores por cantidades mucho más reducidas. Aunque las responsabilidades y las exigencias no sean idénticas, todos necesitan unas condiciones que permitan desarrollar su trabajo con seguridad y respeto.

Además, los árbitros de fútbol base pueden encontrarse en una etapa decisiva de su formación. Para quienes aspiran a ascender, cada partido supone una oportunidad para adquirir experiencia, mejorar su rendimiento y demostrar sus capacidades. Sin embargo, la exposición constante a los insultos y las amenazas puede convertir ese proceso de aprendizaje en una experiencia difícil de sostener.

El sueño de ascender pese a las dificultades

 

A pesar de lo vivido, Fernández no ha renunciado a sus aspiraciones. Lo que comenzó como una forma de ganar dinero se ha convertido en una actividad que le gusta y en la que desea seguir progresando. Su objetivo es continuar ascendiendo de categoría y mantener abierta la posibilidad de llegar algún día a Primera o Segunda División.

Su historia refleja una contradicción del fútbol base. Por un lado, las competiciones necesitan árbitros que quieran formarse, adquirir experiencia y progresar hacia categorías superiores. Por otro, los comportamientos violentos pueden dificultar esa continuidad y alejar a personas que encuentran en el arbitraje una oportunidad profesional o una actividad que disfrutan.

Las consecuencias de esta violencia no se limitan al momento del partido. Las amenazas y los insultos pueden afectar al bienestar emocional de quienes los sufren, generar miedo ante futuros encuentros y hacer que algunos colegiados se replanteen su continuidad. «Como llevo bastante tiempo me he acostumbrado a ello, aunque no debería ser así». El problema, por tanto, no consiste únicamente en evitar una agresión física, sino también en impedir que la hostilidad se convierta en una parte asumida de la profesión. 

Mujeres árbitro de categorías inferiores tras un encuentro.

Lorena del Mar Trujillano Gallardo (Árbitra) y Marina Molina Quilez (Asistente). RFAF

Esta realidad también tiene una dimensión de género. Las árbitras afrontan insultos y amenazas similares a los de sus compañeros, pero pueden sufrir, además, comentarios vejatorios relacionados específicamente con su condición de mujeres. Según recogió AS, en febrero tres árbitras de Segunda Regional de Gran Canaria tuvieron que resguardarse en el vestuario mientras varios jugadores aporreaban la puerta y les dirigían insultos machistas.

El impacto psicológico de la actividad arbitral también ha empezado a estudiarse. Un estudio piloto publicado en 2025 en la Revista de Psicología Aplicada al Deporte y al Ejercicio Físico, realizado por investigadores de la Universidad de Huelva con 57 árbitras principales de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF), concluyó que el 73,7 % había pensado en acudir a un profesional de la psicología por el malestar psicológico que le generaba su actividad.

Los autores advierten de que se trata de un estudio piloto con una muestra limitada, por lo que los resultados deben interpretarse con cautela. Aun así, la investigación pone de relieve la importancia de prestar atención al impacto psicológico de la actividad arbitral y de facilitar recursos de apoyo a quienes sufren situaciones de violencia o acoso.

En el caso del fútbol base, esta cuestión resulta especialmente relevante porque muchos árbitros están empezando su trayectoria. La formación técnica es fundamental, pero también lo es disponer de un entorno que les permita aprender y ganar experiencia sin tener que afrontar amenazas o agresiones. La seguridad y el respeto no deberían depender de la categoría en la que se arbitra.

El respeto también forma parte del juego

 

Guía para saber como los arbitros tienen que actuar ante las agresiones recibidas

Guía sobre cómo deben actuar los árbitros ante las agresiones recibidas. Imagen de AESAF

Las federaciones cuentan con mecanismos disciplinarios para sancionar insultos, amenazas y agresiones. Los árbitros pueden reflejar los incidentes en el acta y, cuando se producen circunstancias graves, tienen la posibilidad de detener o suspender temporal o definitivamente un encuentro. En función de los hechos, también pueden intervenir las autoridades policiales y judiciales.

Sin embargo, las sanciones no resuelven por sí solas el problema si la violencia continúa percibiéndose como una reacción normal ante una decisión arbitral. La aplicación de las normas debe acompañarse de medidas de prevención, educación y concienciación que impliquen a jugadores, entrenadores, clubes y familiares.

También es importante que los incidentes se comuniquen y queden registrados. Sin información suficiente sobre lo que sucede en los campos, resulta más complicado conocer la magnitud del problema, evaluar la eficacia de las medidas adoptadas y determinar qué recursos necesitan los árbitros de categorías inferiores.

La protección del colectivo arbitral requiere, además, prestar atención a las consecuencias que una agresión puede tener después del partido. La documentación señala que entre las reivindicaciones del sector figuran una mayor atención psicológica para los árbitros de base, sanciones más contundentes y un registro público anual de las agresiones. Estas propuestas buscan que quienes sufren violencia no tengan que afrontar solos sus consecuencias.

Pero la responsabilidad no recae únicamente en las federaciones. Los clubes y las familias también desempeñan un papel esencial en la construcción de un entorno deportivo seguro. Los jugadores aprenden de sus entrenadores, pero observan igualmente cómo se comportan sus padres desde la grada. Cuando un adulto insulta o amenaza a un árbitro, transmite a los menores un modelo de conducta incompatible con los valores que el deporte pretende enseñar.

Juan Manuel Fernández comenzó a arbitrar para ganar algo de dinero y hoy quiere seguir creciendo en una profesión que ha terminado gustándole. Su historia muestra que detrás de cada silbato hay una persona con objetivos, aspiraciones y una trayectoria que merece respeto. También recuerda que una mala experiencia puede marcar a un árbitro, incluso cuando decide continuar persiguiendo sus metas.

El fútbol base debería ser un espacio en el que los jóvenes aprendan a competir y a convivir, no un lugar en el que quienes dirigen los partidos tengan que temer por su seguridad. Los insultos no son una parte inevitable del juego, ni las amenazas una consecuencia aceptable de una decisión arbitral.

El silbato sirve para señalar faltas, ordenar el juego y poner fin a los partidos. No debería convertirse en el motivo por el que alguien teme lo que puede ocurrir después. Porque proteger a los árbitros también significa proteger los valores que dan sentido al fútbol.

 

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