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Las Cuentas en el Congelador: prórroga UCM 2026

 

Foto fachada edificio rectorado Universidad Complutense de Madrid

  • La universidad pública afronta el curso con sus cuentas congeladas en 632 millones de euros mientras la subida de precios asfixia el funcionamiento diario de las facultades.

  • El encarecimiento del alquiler privado en Madrid y el parón en la reforma de los colegios mayores agravan la crisis de vivienda de los estudiantes.

Imagínate por un momento que despiertas una mañana, vas a hacer la compra al supermercado y descubres que el aceite de oliva, la luz, la gasolina y el alquiler de tu piso han subido un porcentaje notable respecto al año pasado. Sin embargo, cuando miras tu cuenta bancaria, te encuentras con un mensaje tajante: durante todo este año tienes prohibido ingresar o gastar un solo céntimo más de lo que tenías exactamente doce meses atrás. Ni un euro extra para imprevistos, ni una pequeña subida para compensar la inflación. Esa es, en esencia, la situación en la que se encuentra la Universidad Complutense de Madrid, el gigante de la educación superior presencial en España.

El martes 5 de mayo de 2026, pocos minutos después de las once de la mañana, un gesto administrativo aparentemente rutinario marcó el rumbo de la vida cotidiana de decenas de miles de estudiantes, profesores y trabajadores. Con una firma electrónica estampada desde el Rectorado, el rector Joaquín Goyache Goñi validó un documento oficial que no anunciaba grandes obras, ni contrataciones masivas, ni la llegada de partidas millonarias de último minuto. Todo lo contrario: lo que hacía esa resolución era congelar el reloj económico de la universidad y decretar la prórroga oficial del presupuesto del año 2025 para todo el ejercicio económico de 2026.

Fachada de facultades de la Universidad Complutense

Fachada de facultades de la Universidad Complutense

¿Qué significa esto en la práctica? Significa que la mayor universidad pública del país debe apretarse el cinturón y gestionar su inmensa maquinaria académica con un límite máximo e infranqueable: 632.446.485,67 euros. A primera vista, 632 millones de euros suena a una fortuna gigantesca, una cantidad capaz de marear a cualquiera. Pero cuando esa cifra se enfrenta a la realidad de mantener abiertas 26 facultades, pagar los sueldos de miles de empleados, encender la calefacción de decenas de edificios históricos y sostener cientos de laboratorios de investigación, la magia del número se evapora rápidamente.

A lo largo de los extensos campus de la Ciudad Universitaria y de Somosaguas, las conversaciones en los pasillos de los decanatos y los despachos no giran únicamente sobre exámenes o programas de asignaturas. Los responsables de gestionar el día a día se hacen preguntas mucho más terrenales: ¿alcanzará el presupuesto para cambiar los equipos informáticos viejos de las aulas? ¿Habrá fondos para reparar las filtraciones de agua en la teja de una facultad construida hace medio siglo? ¿Se podrán renovar los contratos de los investigadores jóvenes cuyo proyecto termina este trimestre? La prórroga no paraliza por completo la universidad, pero la obliga a caminar con el freno de mano echado y a calcular cada paso con una precisión milimétrica.

 

El freno de mano presupuestario: por qué la universidad funciona con normas prestadas

Para entender por qué una institución que mueve a más de 80.000 personas termina funcionando con las cuentas congeladas, no hace falta perderse en laberintos jurídicos ni en artículos de leyes indescifrables. La explicación es bastante más sencilla y tiene que ver con cómo se financia el dinero público en España. Las universidades públicas no son islas independientes; dependen en gran medida del dinero que les transfieren los gobiernos regionales, en este caso, la Comunidad de Madrid. Cuando las Administraciones públicas no logran aprobar un presupuesto nuevo a tiempo para el comienzo del año, la normativa obliga a aplicar una regla de seguridad automática: para evitar que la máquina se pare por completo y los servicios públicos colapsen, se prorroga el presupuesto que estaba vigente el año anterior. Es el equivalente institucional a extender un contrato de alquiler de forma automática porque las partes no se han sentado a negociar unas condiciones nuevas.

Residencias universitarias en la Comunidad de Madrid

Residencias universitarias en la Comunidad de Madrid

Sin embargo, el dinero de una universidad no es una foto fija e inmóvil. En la vida real, los gastos cambian todos los meses: sube la factura del gas en invierno, aumentan las cuotas de licencias informáticas en dólares, o surgen emergencias imprevistas en la reparación de un tejado o un ascensor. Como el límite total de 632,44 millones no se puede tocar ni aumentar en un solo céntimo, la dirección de la universidad tiene que recurrir a una maniobra contable muy concreta: la reclasificación interna de fondos. Esta técnica no es más que un juego de vasos comunicantes. Si una facultad necesita urgentemente más dinero para pagar la factura de la luz o arreglar la climatización de una biblioteca, los gestores económicos tienen que buscar de dónde recortar o mover euros dentro de la propia casa. Se quita un poco de aquí para ponerlo allá, asegurando que las facturas sagradas se paguen a tiempo, pero sin sobrepasar jamás la cifra máxima autorizada.

Para que este malabarismo diario no se transforme en un caos en el que cada decano haga la guerra por su cuenta, las normas de ejecución económica del año pasado siguen vigentes punto por punto. La Vicegerencia Económica de la Complutense se convierte así en la gran torre de control que autoriza o frena cada movimiento de dinero, dictando las instrucciones operativas para que ninguna facultad se salga de la calzada financiera.

El muro del alquiler en madrid y el refugio de los colegios mayores

Si cuadrar las cuentas generales de la universidad requiere malabarismos contables en los despachos del Rectorado, para los miles de estudiantes que llegan cada septiembre a la capital el verdadero dolor de cabeza empieza mucho antes de pisar el aula. Buscar una habitación en Madrid se ha convertido en una carrera de obstáculos financieros donde los precios del mercado libre amenazan con dejar fuera de las aulas a quienes no disponen de un respaldo familiar holgado. En este escenario de asfixia inmobiliaria, las decisiones económicas de la Universidad Complutense cobran un rostro humano e inmediato.

Tal y como expone Rosa María, vicerrectora responsable del área de estudiantes en la UCM, la política de alojamiento de la institución se ha volcado históricamente en ofrecer un refugio asequible para los alumnos de grado que se desplazan desde otras provincias. La universidad cuenta actualmente con una red de cinco colegios mayores propios que suman unas 900 plazas. A estas se añaden unas 8.000 camas en centros adscritos gestionados por entidades sin ánimo de lucro. En los colegios propios, la tarifa se mantiene en torno a los 1.000 euros mensuales, una cifra que incluye la pensión completa con tres comidas diarias, suministros de agua y luz, limpieza de instalaciones, lavandería y conexión a internet.

 


A primera vista, mil euros puede parecer un desembolso respetable. Sin embargo, cuando se compara con la cruda realidad del mercado privado madrileño, la perspectiva cambia por completo. En los barrios cercanos a los campus, una simple habitación en un piso compartido, sin incluir los gastos de luz, gas, agua ni comida, roza con frecuencia los 600 euros al mes. Esta brecha económica ha provocado un fenómeno inédito en los últimos cursos: colectivos que tradicionalmente buscaban pisos en el mercado privado, como los estudiantes del programa de movilidad Erasmus, solicitan ahora de forma masiva plaza en los colegios mayores públicos ante la imposibilidad de asumir los alquileres particulares. El problema radica en que la oferta pública de 900 camas resulta claramente insuficiente para absorber una demanda que no deja de crecer año tras año. Con los precios de los pisos por las nubes y las partidas universitarias sujetas a la estricta contención de la prórroga presupuestaria, la capacidad de la universidad para ampliar sus residencias propias choca frontalmente contra el muro de la financiación disponible.

 

El enigma del ‘Johnny’: de 7 a más de 13 millones en un edificio paralizado por la inflación

Pocos edificios sintetizan mejor las tensiones entre las promesas institucionales, las protestas estudiantiles y la rigidez de los presupuestos que el icónico Colegio Mayor San Juan Evangelista, conocido popularmente en el campus como el ‘Johnny‘. Creado en los años sesenta y cerrado a finales de los noventa tras décadas de intensa vida cultural y universitaria, el complejo sufrió años de abandono y ocupación hasta que finalmente su patrimonio fue revertido a la Universidad Complutense. En 2018, la institución asumió el compromiso público de rehabilitarlo para reabrirlo como un centro público propio.

Ocho años después de aquel anuncio, la verja del ‘Johnny‘ continúa cerrada y su interior permanece en un prolongado limbo. ¿Por qué no se han abierto aún sus puertas? La respuesta técnica y económica expuesta por el vicerrector revela cómo la escalada de costes y la falta de partidas específicas han ido posponiendo el proyecto. En las primeras estimaciones realizadas en 2018, la reforma integral del inmueble se calculó en unos 7 millones de euros. Sin embargo, la antigüedad del edificio —diseñado en los años setenta con habitaciones que carecían de baño individual— exigía un vaciado estructural profundo para adaptarlo a las normativas actuales de habitabilidad y accesibilidad. Un proyecto técnico posterior elevó la cifra necesaria a 13 millones de euros. Tras la reciente ola de inflación y el encarecimiento desbocado de los materiales de construcción, desde el Vicerrectorado reconocen que la inversión final superará con creces esa cantidad.

Colegio Mayor San Juan Evangelista

Colegio Mayor San Juan Evangelista

Mientras tanto, la universidad no ha dejado de desembolsar dinero de sus cuentas ordinarias para mantener el recinto a salvo. Con cargo al presupuesto propio se han pagado las inspecciones técnicas obligatorias, las obras de consolidación urgente para garantizar la seguridad estructural y el contrato de vigilancia privada que evita nuevas ocupaciones. No obstante, acometer la gran obra de rehabilitación requiere un volumen de capital extraordinario del que la UCM no dispone en sus fondos de funcionamiento diario.

El equipo rectoral ha llamado a numerosas puertas en busca de financiación externa sin haber logrado cerrar hasta la fecha un acuerdo definitivo. Se intentó acceder a los fondos europeos de recuperación a través de las convocatorias PERTE, pero las universidades quedaron excluidas de las primeras líneas de ayudas para infraestructuras. Paralelamente, se han mantenido reuniones y negociaciones con el Ministerio de Vivienda, el Ministerio de Infancia y Juventud y la Comunidad de Madrid, de momento sin que ninguna de estas administraciones haya consignado la partida millonaria necesaria.

Esta parálisis ha convertido al ‘Johnny‘ en la bandera de las protestas estudiantiles y las convocatorias de huelga en los campus. Las asociaciones de alumnos denuncian la inacción ante un edificio vacío mientras cientos de jóvenes sufren para pagar un techo. Desde el Vicerrectorado, aun comprendiendo la carga simbólica del centro, se aporta una dosis de realismo contable: la recuperación del San Juan Evangelista permitiría sumar unas 200 habitaciones adicionales, elevando la oferta propia de 900 a 1.100 plazas. Se trata de un avance sustancial, pero que apenas rozaría la superficie de una crisis de vivienda que afecta a decenas de miles de universitarios en la región.

 

El futuro de la Complutense

Tras conocer y entender los problemas financieros de la Universidad Complutense y sus motivos, toca plantearse qué situación queda por delante. La decisión de congelar el reloj económico y prorrogar el presupuesto de 2025 para 2026, hace que la Complutense entre en un periodo de incertidumbre. El impacto que más se notará será el funcionamiento diario de las aulas y laboratorios. Reparar tejados con goteras o arreglar las calefacciones son cosas que se irán posponiendo por mucho que sean básicas. Cambiar y modernizar los instrumentos de estudio según las distintas facultades ya es un lujo difícil de asumir. Y el tema de los contratos que tantos quebraderos de cabeza ha dado a alumnos y profesores y que solo ha perjudicado a ambos, seguirá estando presente en los próximos cursos. Además sabiendo que hay muchos problemas hasta con profesores que llevan años dando clase en la UCM, los profesores jóvenes que son necesarios traerlos para rejuvenecer el profesorado, no tendrán ningún interés en trabajar aquí. Sabiendo que cobrarán menos dinero que en otras universidades y que por su corta experiencia, serán los primeros en sufrir posibles despidos o bajadas de salario.

A nivel general, la gran mayoría de edificios son algo antiguos y pueden necesitar una renovación en el corto plazo. Y no se trata de un par de facultades dado que se construyeron muchas de ellas durante los mismos años. Salvo que haya una urgencia grave, la universidad no se espera que trate de solucionar los problemas que vayan a ir apareciendo en estos próximos meses. También  renovar todo el material que se usa en cada facultad y que con el paso del tiempo se queda anticuado, es algo que la Complutense no puede asumir. Por ello, la calidad baja y con ello, el prestigio que siempre ha tenido la UCM y que con estos últimos años ha ido perdiendo.

El futuro de la universidad, pasa por negociar otro acuerdo con la Comunidad de Madrid con otro tipo de modelo. Porque la universidad no puede seguir así dado que en el corto plazo este problema no se va a solucionar y seguir esperando a que ocurra algo no va a cambiar la situación. Salvo que encuentren una vía de financiación externa, no parece que la economía de la Complutense vaya a mejorar. Vemos cada año que se celebra el Festival de las Delicias al lado de la Facultad de las Ciencias de la Información, o que se celebran eventos en Jardín Botánico. Esta es una de las pocas maneras que ha tenido la UCM de encontrar dinero sin depender de Madrid. Aunque el rédito no sea gran cosa, siempre viene bien tener algún tipo de ingreso por mucho que no sea clave en la situación económica.

Jardín Botánico UCM y Festival de Las Delicias

Jardín Botánico UCM y Festival de Las Delicias

Por ello, el horizonte financiero de la Complutense no apunta a una quiebra pese a que no se están llevando a cabo las mejores soluciones. Puede que veamos en un corto o medio plazo algún cambio en el modelo de gestión de la universidad ya que no pueden seguir confiando en el paso del tiempo a que llegue una oportunidad de revertir el estado actual. Porque seguir ingresando la misma cantidad de dinero cada año a la larga será cada vez un problema mucho mayor y no parece de momento que se pueda conseguir una cifra más grande.

El “Johnny” seguirá bloqueado tanto por la situación de la UCM como por el aumento del precio de la construcción. El Colegio Mayor San Juan Evangelista al continuar bloqueado y la incapacidad de aumentar la red colegios mayores propios, hará que los alumnos no quieran seguir pagando el alquiler privado por lo que perderá no sólo jóvenes sino también parte de su esencia.

Por lo tanto, el futuro de la Complutense no pinta bien en el corto plazo porque cada vez hay menos dinero respecto al que se necesita y no parece que vaya a cambiar. Se necesitan renovar algunos aspectos en la mayoría de las facultades, pero no se va a destinar apenas dinero salvo que sea un problema muy grave. Se está aún muy lejos de una situación muy crítica pero la universidad está en serios problemas y su solución tardará en llegar.

 

Un modelo agotado que compromete el futuro de la universidad pública

La prórroga presupuestaria en la Universidad Complutense no es solo un ajuste contable en los despachos del Rectorado; es un freno que condiciona el día a día de las facultades y el horizonte de la comunidad universitaria. Mantener congeladas las cuentas en un entorno de inflación constante obliga a posponer reparaciones en infraestructuras antiguas, postergar la renovación del material científico en las aulas y asumir un deterioro progresivo de la calidad académica.

A la asfixia en el funcionamiento diario se suma el impacto en el personal y los estudiantes. La inestabilidad laboral y la falta de incentivos económicos dificultan la incorporación de profesorado joven para garantizar el relevo generacional, mientras que la crisis de vivienda en Madrid ahoga a los alumnos. El bloqueo del Colegio Mayor San Juan Evangelista frenado por el encarecimiento de la construcción y la ausencia de partidas extraordinarias públicas simboliza la incapacidad de la universidad para ampliar su red de alojamiento propio frente al mercado privado.

Las vías alternativas de financiación propia, como la cesión de espacios para eventos en el Jardín Botánico o el Festival de las Delicias, aportan ingresos residuales que no resuelven la brecha estructural. Aunque la Complutense no afronta una quiebra inminente, funcionar indefinidamente con recursos del pasado erosiona el prestigio de la institución. El futuro de la mayor universidad presencial de España pasa de forma inaplazable por renegociar el modelo de financiación con la Comunidad de Madrid y captar apoyo externo que devuelva la estabilidad a los campus.

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